Buscar temas sin respuesta | Ver temas activos Fecha actual 01 Nov 2014, 14:35



Responder al tema  [ 25 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3  Siguiente
 [DDI][Réquiem por Roma] El Judío Errante 
Autor Mensaje
Antiguo
Antiguo
Avatar de Usuario

Registrado: 19 Feb 2006, 14:51
Mensajes: 124
Ubicación: En el Mundo Multiplanar
Nota [DDI][Réquiem por Roma] El Judío Errante
El Judío Errante

Prólogo: Cenizas

Lucio - Órdenes

El centurión Persius daba vueltas de lado a lado mientras hablaba. Eso era claro signo que estaba nervioso. Tras cuatro meses bajo su mando, Lucio sabía leer bien a su superior, y aquel nerviosismo le preocupaba.

Persius: Escuchadme bien. El general me ha encomendado una tarea de suma importancia. Está organizando un asalto contra la fortaleza, pero no quiere tomarla. Quiere prisioneros, gente para interrogar.

Lucio se miró con los demás decuriones bajo en mando de Septimus Maelius Persius, y encontró en sus miradas la misma sensación de no entender a qué jugaba el general Severus.

Persius: Nuestro general sospecha que, con el derrumbe del túnel de aprovisionamiento de hace dos días, hemos cortado la última linea de suministros enemiga. La fortaleza de Betar está condenada a morirse de hambre. Y si es así, por Júpiter que morirán de hambre. ¡Pagarán por la vigésimo segunda!

La voz de Persius sonaba llena de rencor y de ira. Era sabido que tres de los hermanos del centurión habían pertenecido a aquella legión, a la legión masacrada por los malditos judíos.

Persius: De este modo, si realmente no tienen nada con qué abastecerse... Probarán el infierno romano en la tierra antes que el Hades y Plutón les ofrezcan la acogida que merecen en el Inframundo. Nuestra centuria tiene el deber de dar al general Severus prisioneros para ser interrogados. Las otras centurias liderarán el ataque, pero será nuestra tarea sacar de los muros a tantos judíos vivos como podamos. ¿Entendido?

Decuriones, al unísono: ¡Señor, sí señor!

Y tras eso, rompieron filas. Lucio Calpurnio Bestia entendió al fin el nerviosismo de su centurión. Había luchado tres largos años contra los malditos judíos como para ser consciente que capturar a un fanático vivo era una tarea ante la que Hércules tendría serias dudas. No en vano, el imperio había perdido en aquel levantamiento a una legión completa, y varias más se habían desplazado al lugar para reforzar la presencia de hombres en Judea. Y allí, frente a ellos, estaba la fortaleza de Betar, último reducto del odiado Simon ben Kosiba, rodeado de sus más leales fanáticos. Aquellos que lo habían nombrado su Mesías, dispuestos a morir por él sin pestañear ni un instante. Aquellos que seguían luchando aún cuando sus tripas estaban desgarradas y esparcidas por el campo de batalla.

Moviéndose hacia las tiendas de sus hombres, Lucio alzó la mirada a la fortaleza, alejada menos de una milla. Sus muros eran recios, aunque no muy impresionantes. Al asalto, podría tomarse con una pérdida en vidas bastante grande, pero podría tomarse. Sin embargo, el general esperaba pacientemente, y no atacaba. Hacía ya diez días desde que empezara el asedio, tras la toma de Jerusalén y la huida de los judíos a aquel último bastión desesperado sobre el mar Muerto. En esos días, Lucio había recorrido las peligrosas laderas del lado del mar en busca de cuevas o de gentes que se movieran entre ellas, en busca de lineas de suministro para la fortaleza, y aunque su búsqueda había sido vana, la de otros grupos había fructificado. Ahora, los hombres en el acantilado y en la costa del mar Muerto cerraban por completo el cerco a Simon ben Kosiba.

A Bar Kokhba, Mesías de Israel, autoproclamado Príncipe de los Judíos.

El sol de finales de verano abrasaba las tiendas de campaña, que aunque estaban abiertas de par en par para airearse, eran verdaderos hornos en los que era imposible permanecer. Por ello, los diez hombres bajo el mando de Lucio estaban sentados frente a la tienda, algunos de ellos jugando a los dados, el resto charlando y haciendo broma. Cuando llegó, Pertinax fue quien saludó a su jefe.

Pertinax: Qué, jefe, ¿cuándo pasaremos al cuchillo a esos hijos de Plutón?

Lucio: Cuida esa lengua, Pertinax, o el señor de la muerte se fijará en ti antes de tiempo. Escuchadme, esta noche habrá un asalto a la fortaleza, pero no será uno al uso. Vamos a sacar de ahí a algunas lagartijas para que el general pueda sacarles información. A nosotros nos ha caído la perra de sacar vivas las lagartijas del muro. Así que ya sabéis, golpead fuerte a la cabeza para que no se muevan, y sacadlos ni que sea a rastras.

El buen humor de Pertinax se desvaneció, y junto al suyo, el del resto de la tropa.

Pertinax: Pero jefe, esas lagartijas se mueven aunque las pinches con la lanza de lado a lado.

Nasica: Tiene razón. Además, ¿cómo demonios los sacamos vivos? ¿Los tiramos de arriba abajo de los muros de la fortaleza?

Lucio: Eso ya lo veremos. Otras tropas nos cubrirán, pero nuestra centuria se dedicará a sacar de en medio todo lo que podamos, hasta que el general esté satisfecho. Y ahora, id a preparar vuestras cosas y a rendir cuentas con los dioses. Os quiero listos una hora antes del anochecer.

:arrow: Bien, esto es un prólogo, y por ello me interesa más el conocer los modos y usos de Lucio que lo que es la acción propiamente dicha, que será a partir del capítulo 1 cuando empiece a ser importante.

:arrow: Por ello, este turno será un poco especial. Quiero que narres la batalla, y cómo sacáis a un par o tres de judíos del lugar. Si tienes dudas sobre cómo se desarrollará el asalto - creo que he dado detalles suficientes en el turno para tener una idea general -, estaré en el msn a menudo.

:arrow: Durante el prólogo iré dando más detalles del conflicto que ha habido, y de cosas como la "vigésimo segunda", así que no te preocupes mucho si no acabas de entender el trasfondo del tema todavía. Pero no quería hacer un turno enorme con miles de explicaciones, si puedo repartir esa información en todo el prólogo.

Reto (+25% de experiencia): Lucio es herido durante la batalla, y aunque no de gravedad, el dolor le hace matar a un compañero al confundirlo con un judío. Narrar la herida y la muerte del compañero, así como los sentimientos que provoca eso en Lucio - eso queda completamente a tu criterio. Al fin y al cabo, como he dicho, se trata de conocer cómo es Lucio Calpurnio Bruto.

_________________
Zu jeder Zeit, an jedem Ort,
ist das Tun der Menschen das gleiche...


Última edición por Rittmann el 30 Ene 2007, 18:47, editado 2 veces en total



08 Oct 2006, 13:59
Perfil WWW
Antiguo
Antiguo
Avatar de Usuario

Registrado: 19 Feb 2006, 14:51
Mensajes: 124
Ubicación: En el Mundo Multiplanar
Nota 
Livia - Funerales

La túnica negra no sentaba bien a Livia. El negro no era su color. Le había quedado muy claro durante los funerales de Faustina, su madre, cuando la noche de la ceremonia se había fundido con la oscuridad envolviéndose en una túnica del color del reino de Plutón.

Los cuerpos lavados y embalsamados de Secundo y de Tertio yacían sobre sendas camillas envueltas en flores perfumadas en el atrio. Llevaban allí dos días, y ya quedaba poco para que su cremado. Tito estaba de pie, impasible como una estatua, mirando a sus hermanos menores fallecidos. Livia estaba junto a Cuarto, ambos sentados y con el agotamiento de dos días de velo: uno por cada hermano. Desde el mismo momento de la muerte de ambos, Tito se había dedicado en cuerpo y alma a la tarea de darles el reposo que un Livio merecía, y por ello había faltado al velatorio hasta aquella misma mañana.

Livia en cambio lo había soportado íntegro. Cuarto, aún pequeño, pudo excusarse en algunas ocasiones, y la soledad frente a los cuerpos de sus hermanos se había hecho inmensa para Livia. Ataviada de negro, recordó cómo aquel sudario de muerte la había dejado sola en el mundo por vez primera al arrebatarle su madre. Ahora, con su querido Secundo muerto, su soledad se tornaba infinita.

Por supuesto, no hubo rastro alguno de los cristianos en el velatorio. Tras la noche en las catacumbas, nada se había vuelto a saber de Míriam ni de Elazor. Quirón, fiel a los Livios, guardaba silencio por respeto a su ama, pero en la primera noche ya había acudido a Livia para sugerir que entregase a los cristianos de las catacumbas si no quería tener problemas con las autoridades romanas. En ese momento, Livia no había sabido qué hacer, y Quirón se había marchado en silencio.

En parte, Quirón tenía razón. Tito lanzaría las autoridades locales contra los dos esclavos tras su fuga de la casa, acusándolos de ser partícipes de la muerte de Secundo y de Tertio. Aún cuando no fuese cierto, conocía a su hermano mayor lo suficiente como para saber que su orgullo clamaría retribución. Si los cristianos eran capturados y explicaban algo de la noche en las catacumbas... Sería su final.

Pero por otro lado, aquellos mismos cristianos eran los que la habían acogido en su angustia, y los que habían hecho cambiar a su hermano más querido. Lo habían alejado de ella, y aunque eso podría haberle hecho odiarlos, había encendido en ella una profunda curiosidad por descubrir qué había en ellos que había fascinado a Secundo de aquel modo. ¿O había sido meramente el reflejo de un bello rostro de esclava? Livia era un mar de dudas.

Las puertas del domus se abrieron cerca del mediodía, y Livia vio entrar a varios hombres ataviados con túnicas negras. Eran compañeros de la décima legión, camaradas de armas y subordinados de Tito en la revuelta. Varios de ellos llevaban máscaras. Sabía qué simbolizaban aquellas enmascarados, por supuesto: eran los antepasados venerables de sus hermanos, que venían a buscar a sus parientes difuntos para conducirlos hasta la otra vida. Livia vio un colgante dorado en uno de ellos que inmediatamente le recordó las historias de su bisabuelo, un general romano de gran prestigio en el terreno naval. Vio también uno de los enmascarados portando la espada corta del abuelo al cinto.

Y vio el collar de aguamarinas de su padre en un tercer enmascarado.

Livia no pudo evitar mirar de reojo a su hermano, con un molesto hormigueo recorriendo su cuerpo entumecido por las horas pasadas en el velatorio. Tito había ido muy lejos. Mostrar a su padre como a un difunto, cuando meramente estaba desaparecido... Livia no sabía qué hacer. ¿Acaso se había casnado de esperar su regreso? ¿Había perdido la esperanza? Aquello era un símbolo público que decía a toda la ciudad que sí, que Tito Livio padre estaba muerto, y que Tito Livio hijo era ahora el nuevo pater familias.

Tito hizo un gesto a Livia y a Cuarto para que se alzaran, y los enmascarados se arremolinaron alrededor de los dos cuerpos, alzándolos. El sol brillaba con fuerza en aquel mediodía completamente despejado en Aelia Capitolina, y la procesión se encontró con el gentío que esperaba arremolinado en las puertas del domus. Livia se puso dos pasos tras su hermano Cuarto, que caminaba junto a Tito. Un respingo de incomodidad agitó nuevamente a Livia cuando oyó a las desconsoladas empezar a llorar a los dos hermanos fallecidos en la flor de la vida. Se giró un momento para verlas, y Livia vio a ocho mujeres contratadas para llorar a los difuntos. Desde luego, Tito estaba haciendo de aquello una verdadera proclama sobre sus derechos al patriarcado del clan de los Livios.

Una hora después, tras pasear todo el cardo mayor a paso lento como el de una anciana que sólo agotó más a Livia, llegaron a las afueras de la ciudad. Dos piras esperaban a los hermanos, y los enmascarados subieron a Secundo y a Tertio a sus respectivos lugares.

Tito: ¡Secundo Livio Galerio! - gritó Tito -. ¡Secundo Livio Galerio! - repitió -. ¡Secundo Livio Galerio! - clamó por tercera vez.

Se hizo el silencio entre la muchedumbre, y nada sucedió. Tito inspiró, y continuó con la llamada final.

Tito: ¡Tertio Livio Galerio! - gritó por vez primera -. ¡Tertio Livio Galerio! - gritó por vez segunda -. ¡Tertio Livio Galerio! - gritó por última vez.

Y de nuevo, el silencio fue toda la respuesta que recibió. Tito se giró hacia Livia, y asintió. Había llegado su momento. Adelantándose hasta las piras fúnebres, ascendió por una escalerilla de madera hasta quedar a la altura de Tertio.

Livia: Adiós, hermano - susurró antes colocarle una moneda bajo la lengua.

El tacto de Tertio era frío, y estaba rígido. Tenía un pañuelo envolviendo su cuello, pero cuando le metió la moneda bajo la lengua la sintió hinchada por el ahorcamiento. Su lengua se había convertido en una grotesca masa azulada y endurecida. Reprimiendo el asco, Livia cerró su boca y le dio el beso de despedida a su hermano.

Secundo fue más amable con ella. Su rostro parecía estar en paz, y su mandíbula cedió con mucha más facilidad que la de Tertio. Incluso su tacto era más normal, si el tacto de un muerto puede llamarse así. Livia no pudo evitar las lágrimas cuando cerró con un beso de despedida los labios de su hermano más querido. Esta vez se iba para siempre.

Y Livia bajó de las piras, y Tito dio la señal. Bajo el sol de mediodía, los dos hermanos ardieron ante la mirada de los cientos de asistentes al funeral. Y Tito, estoico, no se perdió ni un solo detalle de nada.

:arrow: Bien, turno inicial que arranca justo tras tu historial. En este turno inicial, esencialmente hay dos cosas: la reacción de Tito, y cómo se lo toma Livia. Tito se ha autoproclamado pater familias públicamente al mostrar a vuestro padre como si hubiese muerto. Al menos, de una manera implícita.

:arrow: El turno, pues, será desarrollar la conversación con Tito al respecto - si Livia la lleva a cabo -. El discurso esencial de Tito es que ya han pasado muchos meses desde que se perdiera el rastro de padre, de modo que hay que asumir la realidad y volver a levantar a los Livios. Para ello, propondrá a Livia que busque un marido lo más pronto posible.

Reto (+25% de experiencia): Tener una charla con Quirón sobre el tema de los cristianos. Decidir si denunciarlos, cosa a la que anima Quirón, o si no hacerlo - cosa que enojará a Quirón, que como maestro que es animará a reconsiderar.

_________________
Zu jeder Zeit, an jedem Ort,
ist das Tun der Menschen das gleiche...


18 Oct 2006, 02:11
Perfil WWW
Ancilla
Ancilla
Avatar de Usuario

Registrado: 14 Sep 2006, 00:06
Mensajes: 41
Ubicación: Somewhere over the rainbow...
Nota 
Livia:

Fuera llovía.
La lluvia golpeaba las baldosas del patio con tanta fuerza que lo único que se oía era un zumbido persistente como si mil abejorros rondaran la casa de los Livios. Llevaba lloviendo toda la tarde, desde que las cenizas de Secundo y Tertio volaran hacia los cielos, haciendo llorar a las nubes. Aquella lluvia consolaba a Livia, que veía en ella la pena de los dioses por la pérdida de un hombre como Secundo y de un joven que podía haber sido tan prometedor como Tertio. En esto pensaba mientras hilaba con aire ausente, la mirada fija en las baldosas mojadas, con los dedos ya entumecidos y los ojos rojos y cansados de tanto llorar. Sin embargo, no podía parar, porque dejar de hilar significaba recordar aquellos terribles últimos momentos en la plaza oscura. Y no podía dejar de llorar, no porque temiera la ira de los difuntos sino porque con la muerte de sus hermanos se había abierto un manantial en sus entrañas del que no dejaría de manar agua hasta que quedara seca de vida. El chasquido de la vara contra la mesa de mármol la sobresaltó.

Quirón: Concéntrate.

Cuarto: Pero es que...

Quirón: No hay excusas para un Livio, Cuarto. Concéntrate.

Cuarto: ¡Cóncentrate tú, sucio griego!- gritó el chiquillo de pronto, rojo de ira, arrojando a su tutor las tablillas y el estilo en que practicaba para salir corriendo de la habitación casi arrollando a Tito que entraba, en el camino.

El primogénito de Tito Livio entró la sala del hogar silencioso y dirigió una mirada sorprendida y extrañada a la puerta por la que había salido Cuarto. Luego miró a Quirón sin detenerse, de camino al estudio de su padre.

Tito: Se firme con él, Quirón. No dejes que se refugie en excusas. Cuanto antes aceptemos la muerte de Tertio y Secundo, antes podrá salir adelante esta familia.

Livia se puso en pie tropezando con su rueca de hilar, para alcanzar a su hermano.

Livia: ¡Tito!- llamó, pero su hermano no pareció oirla- ¡Tito!

Tito: Ahora no, Livia- respondió él al fin, sin volverse y sin dejar de caminar.- Tengo mucho que hacer.

Livia se recogió la túnica y corrió hacia él, llegando justo a tiempo para sujetarle del brazo, sin embargo él lo apartó bruscamente, haciendo que las largas uñas de Livia le marcaran la piel con cuatro finos arañazos rojos en la piel clara. Tito siseó y se volvió tan rápido que Livia no tuvo tiempo de esquivar el bofetón, tan fuerte que la hizo tambalearse y llevarse la mano al rostro. Aquel golpe cortó en seco su manantial de lágrimas. Al verla con el gesto perplejo, Tito pareció volver a ser el chiquillo que había sido...

Tito: Yo... Lo siento, Livia, no...

Sin embargo, como un sueño, aquella breve visión desapareció y volvió el gesto duro al rostro de Tito.

Tito: Hablaremos cuando termine mis asuntos.- su voz volvía a ser firme- Enviaré un sirviente a buscarte cuando sea hora. Ahora sigue con tus tareas.

Livia asintió, atónita, y Tito desapareció en su estudio con el siseo de su toga, dejando el salón en silencio. La joven regresó a su escabel con aire completamente ausente y recogió del suelo la rueca, pero cuando intentó hilar de nuevo, sus dedos resultaron torpes y el hilo que hilaba no era uniforme, sino grueso en algunos tramos y demasiado fino en otros. Al cabo de un instante apartó la rueca, incapaz de hilar un hilo utilizable, y ordenó a Quirón que trajera su cítara, pero cuando deslizó los dedos por sus finas cuerdas, la melodía que les arrancó fue tan triste que volvió a llorar como si no fuera a detenerse jamás. Lloró por el dulce y triste Secundo, que había acudido a ella tantas veces cuando no era más que un niño, por su sonrisa soñadora y por la dulzura de su mirada. Lloró también por Tertio, que hubiera sido un muchacho tan maravilloso de no haber sido tan influenciable y afectado por las circustancias familiares... Y lloró por su padre, que tal vez muerto, tal vez retenido contra su voluntad por asuntos de estado les había dejado desamparados: con su presencia, de eso estaba segura Livia, aquella tragedia no habría tenido lugar. Y ahora Tito actuaba como si no fuera a regresar jamás aunque no hubiera noticias de su muerte. No es que aquella idea le fuera extraña, pues bien sabía que Tito era el heredero de su padre y que sería pater familias tras él, pero el mayor de sus hermanos era todavía joven y no había cosechado la suficiente reputación y respeto como para poder establecerse y mantener el prestigio familiar. Era valiente, sí, y su actuación en el campo de batalla apuntaba a que sería un buen general algún día, pero no todavía, no sin ser siquiera mayor de edad... Aunque Livia ya hacía dos años que era considerada mujer desposable, Tito, un año menor que ella, necesitaba dos años para alcanzar la mayoría de edad de los varones, y en esta situación Livia no podía aspirar a un matrimonio respetable, aunque si era cierto que su padre había muerto, tal vez ese enlace sirviera para dar a su hermano el prestigio suficiente para establecerse como cabeza de familia...
Sumida estaba en estas cavilaciones cuando sintió una mano en el hombro y se volvió para ver al fiel Quirón inclinado sobre ella.

Quirón: Señora, tu hermano ya puede recibirte.- dijo el esclavo.

Livia le entregó la cítara y se puso en pie para dirigirse al estudio de Tito cuando su sirviente la retuvo llamándola.

Quirón: Señora...

Alzó la mirada hacia él con aire ausente.

Livia: ¿Sí?

El esclavo miró al suelo, incómodo, pero cuando volvió a mirarla a los ojos Livia supo qué quería decirle. Un temblor involuntario sacudió sus rodillas.

Livia: Ya hemos hablado ese tema, Quirón.-susurró.

Quirón: Pero no decidiste.- respondió él de igual manera- Si no le cuentas a Tito lo que viste en las catacumbas y descubren que estuviste allí, serás acusada y condenada, señora. En cambio, delatarlos te honrará a tí y a tu familia. Si alguien os delata, dos traidores a los dioses en la misma casa serán la perdición de los Livios. Sin embargo, si tú confiesas haber perseguido a Miriam hasta su guarida y descubierto su nido de víboras nadie sabrá que Secundo era uno de ellos...

La mano voló y tras el chasquido, la mejilla de Quirón se enrojeció pese a lo curtido de su piel. Es esclavo no se movió, permaneció impasible, pero la rabia brillaba en los ojos castaños de Livia.

Livia: La única víbora en esta casa fue Tertio y lo seré yo cuando te saque los ojos si vuelves a deshonrar la memora de Secundo, Quirón.-siseó.

El esclavo bajó la mirada en gesto de sumisión.

Quirón: Como mandes, señora.

Livia: Mi hermano dejó de amarme a mí para amarles a ellos, y fue corriendo hacia ellos que encontró la muerte, no hacia mí. Magro favor haría a su recuerdo si ahora traicionara sus lealtades, que ningún daño nos han hecho, Quirón... Ellos son lo único que me queda de Secundo, ellos atesoran lo que fue en sus últimos días, el Secundo que yo no llegué a comprender y que quiero recuperar. No hablaré.

Quirón: Pero señora, tal vez entre ellos haya alguien que podría beneficiarse de la caída de tu familia ¿No sería entonces justo que los delataras para evitar otra tragedia?

Livia suspiró, agotada por el largo día, por el intenso dilema, por la inquietud por su padre...

Livia: Si alguien quisiera la caída de los Livios ya tuvo oportunidad la primera vez que Secundo pisó aquella cripta, que sospecho fue mucho antes de lo que imaginamos. No traicionaré a aquellos en quien mi hermano confiaba y que nunca le dieron la espalda. No causaré el mal a la mujer que le amaba, porque tú viste con tus propios ojos que Miriam estaba tan afligida como yo. No les condenaré por algo que no hicieron.

Quirón: ¡Pero son cristianos! ¡Eso es suficiente! ¡No...!

La mano de Livia se alzó haciéndole callar.

Livia: No, esta conversación es suficiente, Quirón. Hemos incinerado a dos de mis hermanos esta mañana, no me aflijas más. Deseo hablar con mi hermano y retirarme. No cenaré esta noche, dile a Selene que prepare mi baño y mi cama.

El esclavo, con la mirada triste y decepcionada, asintió.

Quirón: Como quieras, señora. Tu hermano te espera.

Livia lo dejó atrás sintiendo que había decepcionado profundamente a su tutor. Aquello le dolía, pues desde niña Quirón había estado con ella, le había inculcado los valores que la convertirían en una mujer honorable, los que convertían a sus hermano en ciudadanos respetables. Solo era un esclavo, pero le apreciaba... No, no podía obedecerle.

Encontró a Tito sentado tras la mesa de padre, consultando sus papeles con gesto solemne. Él también parecía cansado y preocupado y Livia se preguntó hasta que punto su hermano tenía bajo control los últimos sucesos.

Tito: Ah, Livia. Pasa ¿Querias hablarme?- dijo al verla en pie en bajo el umbral.

Tenía los ojos hundidos y se le veía pálido. Livia sintió lástima por él, por el chiquillo que había tenido tanta prisa por dejar de ser, abrumado ahora por el peso de los patricios, demasiado grande para él. Se acercó a la mesa de piedra y se sentó en un escabel de piel que su padre había hecho traer de Roma para su madre. El collar de aguamarinas estaba sobre la mesa, junto a los documentos familiares. Dudó un instante antes de saber como comenzar la conversación.

Livia: ¿Habéis encontrado a los esclavos?- preguntó con voz temblorosa que rogó que Tito creyera a causa del llanto.

El joven negó con la cabeza y se pasó la mano por el cabello castaño. La luz de las velas proyectaba en su rostro arrugas que le hacían parecer un anciano en lugar del muchacho vigoroso y apuesto que era.

Tito: Han desaparecido como fantasmas, nadie les ha visto ni sabe donde fueron después de matar a Secundo. La guardia de la ciudad ha buscado por todas partes, pero no te preocupes, les encontraremos. Pagarán por lo que hicieron.

Livia: ¿No enojará a los dioses que les acuses por algo que no hicieron?.

Tito la miró perplejo. Dejó las tablillas que estaba utilizado en la mesa y cruzó las manos frente a él. El silencio que siguió se volvió casi solido inquietante. Livia se revolvió en su asiento, pero no apartó la mirada.

Tito: Sé que no puedes entenderlo, Livia, porque eres una mujer y las mujeres no entendéis de estos asuntos, pero olvida lo que viste en la plaza. No había nadie allí salvo Tertio, Secundo y esos dos esclavos ladinos.

Livia: Pero yo estuve allí, la guardia...- trató de protestar, pero Tito no se lo permitió.

Tito: La guardia llegó cuando ya era demasiado tarde.- explicó pausadamente, con voz suave, como si hablara a un niño. Livia estaba segura de que aquellas mismas palabras eran las que había utilizado para explicar lo sucedido a Cuarto.- Yo mismo les alerté al escuchar los gritos de nuestros hermanos, pero cuando llegaron ya nada pudieron hacer por ellos y los esclavos habían huído.

Livia sintió que quería gritar, que todo aquello era falso, que no era justo, pero sabía que no serviría de nada. Tito había sido muy claro: era una mujer y como mujer no podía entender la estrategia de los hombres. Sabía que debía aceptar lo que se le decía y no contradecir las palabras de su nuevo señor, que su opinión no tendría valor hasta que fuera una mujer casada y ni siquiera entonces gozaría de credibilidad. Tampoco aspiraba a ser una de aquellas mujeres poderosas que ofendían a sus maridos con su malicia y su juicio, pero la idea de matar a Miriam y a Eleazar por un acto que no habían cometido le roía las entrañas. Su única rabia residía en el suicidio de Tertio, que había muerto antes de que ella pudiera hacerle pagar por lo que había hecho...

Asintió.

Livia: ¿Hay noticias de padre?- dijo al cabo de un instante, recogiendo el collar de la mesa y acariciando las aguamarinas suavemente con las manos níveas.

Tito la miró y alzó las cejas, sin comprender y Livia se fingió distraida hasta que al cabo de un momento alzó de nuevo la vista.

Livia: ¿Ha vuelto? Me siento inquieta si él no está en la casa, tal vez deberíamos enviar mensajeros a casa de sus aliados fuera de la ciudad, tal vez le refugiaron...

Tito: Ha pasado demasiado tiempo, Livia.

Sabía que era cierto, pero no quería creerlo. La barbilla comenzó a temblarle y se le quebró la voz. Retorcía con fuerza el collar de aguamarinas en las manos.

Livia: ¿Qué quieres decir?

Lo sabía perfectamente, pero quería saber si su hermano era plenamente consciente de lo que suponía haber mostrado a padre entre los ancestros en las exequias. Ella lo era solo parcialmente, pues nunca se había interesado por aquellos temas, dedicada como estaba a ser la joya más preciada de su padre.
Tito se puso en pie lentamente, como si cargara un peso enorme sobre los hombros, y rodeó la mesa para acercarse a ella. Livia temió sus manos fuertes e inconscientemente se cubrió el lugar donde la había golpeado por la tarde, pero su hermano no la agredió. Al contrario, se arrodilló a sus pies para que sus rostros quedaran a la misma altura y posó una mano paternalista en el hombro alabastrino.

Tito: Sé que tienes miedo, Livia, pero no debes preocuparte. Padre me educó para que fuera su digno sucesor y alzaremos de nuevo la casta de los Livios. Tenemos aliados que no nos daran la espalda.

Livia suspiró y inclinó la cabeza, apesadumbrada. Las aguamarinas se veían ahora grises en sus manos ¿O era la lluvia? El miedo se hizo real, muy real...

Livia: Pero ¿Y si no está muerto, Tito? -gimoteó- ¿Y si padre regresa y encuentra que le hemos traicionado? Nos desheredará, estaremos malditos ¡Malditos, Tito! ¡Desterrados!

Las manos fuertes de Tito la sujetaron por los hombros y la sacudieron con suavidad. Negaba con la cabeza pero parecía asustado por aquella posibilidad cuando Livia alzó la vista para mirarle, pese a sus esfuerzos por parecer firme.

Tito: No, Livia, no. Tenemos que asumir que padre no va a volver. Le conocemos, sabemos que él no nos dejaría solos. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para realzar el nombre de nuestra familia.- su letanía comenzó como si tratara de convencerse a sí mismo, pero al cabo de unos instantes parecía tan convencido como si lo hubiera planeado desde que se soltó de las faldas de su nodriza- Si los dioses fueran clementes y padre regresara con vida, debemos hacer que esté orgulloso de sus hijos, que vea que hemos sido capaces de mantener el prestigio familiar ¿Lo entiendes, Livia? Debemos poner todo nuestro empeño en conseguirlo.

Toda su fuerza la abandonó.
Tal vez fuera el agotamiento de todo el día, tal vez el llanto había devorado toda su energía, tal vez la lluvia desgastara su ánimo como desgastaba la tierra, pero de pronto sintió que se mareaba.

Tito: ¿Lo entiendes? ¿Livia?

Asintió vagamente, pero ya no pensaba con claridad.

Tito: Bien, entonces te buscaremos un marido cuanto antes.

Livia le miró perpleja.

Livia: Pero... el luto...

Tito: No te preocupes por el luto, esperaremos el tiempo suficiente.- la soltó y volvió al otro lado del escritorio- Padre era quien se ocupaba del asunto de tus esponsales ¿Quienes te pretendían?

Trató de hacer memoria, pero los nombres iban y venían sin que lograra retenerlos. Veía sus caras y recordaba quienes eran, pero de pronto se desvanecían.

Livia: Tiberio... Tiberio, el hijo de... del... dueño de...

Tito arrugó la nariz.

Tito: No, sé quien es, no nos conviene.

Livia: Pero padre...

Tito: Sin padre, cualquier patricio querrá desposar a su hijo contigo para controlar a los Livios y no podemos permitirlo, Livia ¿O quieres ver como un enemigo de la familia se queda con nuestros bienes y borra nuestro nombre? ¿Es eso lo que quieres?

Livia: N...no. Pero Tiberio...

Tito: Olvídate de Tiberio. Buscaremos a alguien más apropiado a nuestros intereses. Tal vez ese muchacho ¿Cómo se llama? Su familia compró hace tres semanas un barco, prosperan con el comercio ¿Cómo se llamaba...?

Livia tuvo una imagen muy clara del muchacho al que se refería Tito. No sabía su nombre, pero sintió como la indignación se encendía en su interior.

Livia: ¡Pero si es un chiquillo!- exclamó, levantando la voz.- ¡Padre no toleraría que me casara con un niño de pecho!

La ira asomó a los ojos de Tito, que no pensaba tolerar que una simple mujer tambalera la estabilidad y fuerza que había conseguido reunir. Se incorporó, acechante, con las mano sobre la mesa.

Tito: No toleraré que me levantes la voz, Livia. Ten cuidado con lo que dices o te entregaré al porquerizo más sucio y miserable que encuentre.-rugió.

De pronto pareció grande, fuerte, el soldado que era en realidad, con aquella ira quehabía visto en sus ojos cuando la había golpead y Livia se encogió sobre sí misma, asustada. Sin embargo, cuando Tito habló, su voz era suave y fría.

Tito: En cuanto termine el luto, estudiaré este caso con más detenimiento. Tú preocupate solo de ser la mujer cualquier hombre podría desear como esposa ¿Entendido?

Asintió y se puso en pie lentamente, tambaleándose. Todo daba vueltas, como si estuviera envuelto en un manto de irrealidad.

Tito: Livia ¿Estás bien?

Su voz sonaba distorsionada, las rodillas le flaquearon.

Tito: ¿Livia?¡Livia!

El suelo cedió bajo sus pies pero unas manos fuertes la sostuvieron.

Tito: ¡Quirón!¡Quirón!- su hermano gritaba.

Oyó truenos ¿O eran pasos? y alguien la alzó en vilo, haciendo que todo se moviera todavía más. Luego, vio a Secundo que le sonreía y todo se volvió oscuro.
La lluvia golpeaba las baldosas del patio con tanta fuerza que lo único que se oía era un zumbido persistente como si mil abejorros rondaran la casa de los Livios.
Fuera llovía.

_________________
Así hablaba el hierro al imán: "Te odio más que a nada, porque atraes sin ser demasiado fuerte para sujetar".

Si me necesitas, ya sabes dónde estoy: los árboles no caminan.


26 Oct 2006, 01:23
Perfil
Humano
Humano
Avatar de Usuario

Registrado: 05 Nov 2006, 20:56
Mensajes: 4
Nota 
Faltaba una hora para el anochecer, y Lucio estaba reunido con sus hombres. Estaban todos nerviosos, pues sabían que en este ataque podrían perder la vida, y que en breve podrían reunirse con los dioses. Pero todos ellos estaban dispuestos a derramar hasta su última gota de sangre por la Gloria de Roma.

Lucio: Como todos sabéis es casi imposible sacar a alguna de esas malditas bestias de su ratonera, pero debemos hacerlo. Otras decurias de nuestra legión probarán un ataque directo para tratar de capturar a algunos judíos, pero nuestra decuria y la de Sempronio realizaremos una táctica de engaño.

Pertinax: ¿Y en qué consistirá, señor?

Lucio: Todos nosotros nos disfrazaremos de judíos y simularemos un ataque a caballo desde el flanco derecho de nuestro campamento, el más vulnerable de todos. Justo cinco minutos después de que nuestros arqueros comiencen a lanzar sus flechas masivamente contra el campamento, y que el resto de las legiones comiencen el asalto.

Un murmuro de sorpresa e incredulidad se escuchó en la tienda donde estaban reunidos.

Lucio: Dejadme finalizar, por los dioses!
Tras ello, nos dirigiremos a caballo hacia la fortaleza, confiando en que nos abran las puertas o que salgan en nuestra ayuda para protegernos. Seremos perseguidos por los legionarios de Sempronio, que mantendrán una distancia prudencial respecto a nosotros. Como simultáneamente se estará realizando un ataque, tendremos cobertura, pero no podemos descartar que algunos arqueros se fijen en nosotros.

Acteio: Señor... y si no nos abren las puertas ni vienen a ayudarnos? Podríamos meternos en una trampa mortal...

Lucio: Confiemos que los dioses nos sonrían y que el plan funcione como es debido. Pero hemos pensado en esa eventualidad, si vemos que no abren la puerta ni salen en nuestra ayuda, los perseguidores nos alcanzarán y comenzaremos un combate con ellos. No quiero que nadie resulte muerto en este combate, ni que resulte herido de gravedad, pero ha de ser lo suficiente realista como para que crean que se trata de un combate auténtico. Recordad los entrenamientos, haced maniobras que puedan interceptarse, pero tampoco descartéis provocar alguna herida en vuestros oponentes. Si los judíos ven sangre, se lo tragarán más, y entonces es posible que si vengan a ayudarnos.

Se escuchó otro murmuro aún más fuerte. Los legionarios no daban crédito a lo que se les estaba pidiendo.

Vitelio: Señor, es una locura!! Nos están enviando a una muerte segura! Es imposible sacar a los judíos de su fortaleza. Ha de haber alguna otra manera de...

Las protestas de Vitelio fueron apagadas por un fuerte puñetazo de Lucio en su cara, que le tiró al suelo. Los otros legionarios callaron de golpe, contemplando a Lucio con miedo y respeto a la vez.

Lucio: Por Mitra! Somos legionarios romanos!! Juramos servir a Roma y obedecer las órdenes que nos dieran, y eso es lo que haremos! Si los dioses han decidido que esta noche nos encontraremos con Caronte, nada podemos hacer para evitarlo. Tenemos una misión que hacer y la cumpliremos, sé que es difícil, y arriesgado, pero habéis servido bajo mi mando durante los suficientes años como para saber que no os ordenaría nada que no estuviera dispuesto yo a hacer. Es difícil, lo sé, pero tengo plena confianza en vosotros. Sé que sois capaces de cumplir con las órdenes, y de cumplirlas con éxito. Si alguien puede sacar a esas ratas de su madriguera sois vosotros, somos nosotros!!!

Lucio contempló a sus hombres; con su arenga, el miedo y las dudas que tenían previamente parecían haberse convertido en confianza y ánimos.

Lucio: Bien, si no hay preguntas, tenéis media hora para prepararos y encomendaros a vuestros dioses, sean los que sean. Nos reuniremos a las afueras del campamento, a medio estadio de la última tienda del flaco derecho. Cuando suenen las trompetas y comience el ataque, en cinco minutos atacaremos y partiremos inmediatamente hacia la fortaleza, los hombres de Sempronio nos perseguiran de inmediato.
Que los dioses os acompañen. Ave César!

Dijo Lucio levantando la mano en alto, gesto que fue correspondido por igual por sus soldados, antes de retirarse de la tienda.

Legionarios: Ave César.



Los soldados se retiraron, todos ellos menos Pertinax. Ambos se quedaron solos en la tienda.

Pertinax: Lucio, no puedes culparlos de estar nerviosos. Este es un ataque suicida. No solo para nosotros, para todos los que asalten la fortaleza. Mientras los judíos no tendrán remordimientos en matarnos, nosotros hemos de tratar de capturarlos con vida. Jugamos en clara desventaja.

Lucio: ¿Crees que no lo sé? Lo más probable es que hoy nos reunamos con Mitra. Pero hemos de darles ánimos, hemos de darles esperanzas de que pueden hacerlo. Si no tienen esperanzas en la victoria, no lo lograrán.

Un silencio siguió a las palabras de Lucio. ambos comprendían demasiado bien la situación, y se conocían mutuamente a la perfección. Lucio se dirigió a su mochila, de donde sacó una pequeña estatua en miniatura representando la Tauroctonía de Mitra. La puso sobre un pequeño altar, donde encendió dos velas.

Lucio: Me habría gustado poder celebrar esta ceremonia en mejores condiciones, pero no tenemos tiempo, de modo que tendremos que ir rápido. Mitra lo comprenderá, sin duda alguna.

Ambos se arrodillaron.

Lucio: Mitra, señor del sol, el invencible. Esta noche tal vez sea nuestra batalla final. Danos fuerzas y no permitas que desfallezcamos en la batalla. Protégenos de todo mal, pero si tu voluntad es que nos reunamos contigo esta noche, que así sea.

Tras ello, partió un poco de pan y se lo entregó a Pertinax. Inmediatamente rellenó sendas copas con aguas, y ambos bebieron. Había sido una ceremonia sencilla, mucho más sencilla de las que acostumbraban a tomar parte, pero no tenían tiempo para más, debían estar preparados para el combate, y Mitra no les perdonaría que por una cuestión puramente ritual negligieran en su deber como soldados. Ambos se abrazaron, y se despidieron, cada uno dispuesto a cumplir el cometido que se esperaba de ellos.



Lucio ya se había cambiado, al igual que el resto de sus legionarios, habiéndose reunido todos ellos a las afueras del campamento. Habían tomado típicas vestimentas empleadas por los judíos, muchas de ellas arrebatadas a los rebeldes capturados o muertos. Todos y cada uno de ellos mostraban el nerviosismo que estaban sufriendo. Todos menos Lucio. Ello no significaba que no estuviera nervioso, lo estaba, pero no podía mostrar esa sensación a sus hombres. Sería malo para la moral.
Sonaron las trompetas, y el ataque comenzó. Los arqueros romanos lanzaron miríadas de flechas contra los judíos apostados en los muros de la imponente fortaleza, para cubrir a los legionarios que avanzaban con escaleras y cuerdas. Sin embargo, la maquinaria de asedio esta vez no intervino. era un ataque de distracción, destinado a tomar prisioneros, para poder interrogarlos, y así minimizar las bajas romanas. Lucio estaba enfrente de sus hombres, montado en su caballo. Cuando comenzó el combate alzó su mano, para que sus hombres estuvieran preparados. Algunos de ellos ya llevaban sus gladius en la mano, otros iban con antorchas. Calculó el tiempo necesario, y cuando fue el momento, lanzó su brazo hacia adelante, como señal de que era el momento de atacar. Avanzaron al galope hacia el campamento, concretamente el flanco derecho, el menos protegido. Una vez allí, los soldados armados simularon ataques contra algunos legionarios presentes (ya planeados de antemano), mientras que los que llevaban antorchas, las lanzaron contra algunas tiendas romanas (de las que previamente ya se había sacado todo lo de valor). Tras ello partieron hacia la fortaleza judía. Tal y como estaba previsto, cuando se alejaron 10 metros del campamento, inmediatamente salieron en su persecución los legionarios de Sempronio.
Mientras avanzaba, Lucio observaba el ataque de sus camaradas. había muchos cuerpos caídos víctimas de las flechas enemigas. Aunque algunas escalas ya habían podido ponerse en posición, muchas otras eran derribadas por los defensores judíos. La cobertura de los arqueros romanos facilitaba el camino a los legionarios que trataban de subir los muros, al obligar a los judíos a protegerse, pero la ausencia de maquinaria de guerra en el ataque, complicaba las posibilidades de éxito. Sería muy difícil tomarlos con vida, pero no imposible. Algunos ya habían podido llegar arriba, el problema era una vez noqueados el bajarlos, sin riesgo. Aunque algunos bajaban con los judíos cargados sobre sus hombros, lo normal era lanzarlos abajo, donde ya había algunos legionarios con redes preparados para capturarlos evitando que se mataran.

Mientras avanzaba con su montura, observaba la puerta, confiando en que se abriera, pero no era así, cada vez se aproximaban más, y la puerta seguía cerrada. Parecía como si los judíos se olieran algo, pero al menos no les lanzaban flechas. parecían haberse tragado el anzuelo, aunque no del todo. Decidió que ya era el momento de cambiar de táctica, por lo que alzó a media altura el puño derecho bien cerrado, la señal para que sus hombres aminoraran ligeramente su marcha, y los de Sempronio aceleraran para darles alcance. Y así fue. Sempronio cumplió con su cometido a la perfección y les dio alcance, comenzando el ataque.
Ambos grupos interpretaron su papel como se esperaba, realizando maniobras de ataque de los entrenamientos, de modo que su oponente pudiera ver perfectamente hacia donde iba el golpe y así poder detenerlo (en caso de que no lo hiciera, un golpe podría resultar letal). El mismo Sempronio fue quien "atacó" a Lucio, con un fuerte golpe dirigido a su cabeza, pero que cualquier soldado bien entrenado vería venir fácilmente y lo detendría sin problemas. En golpe que dejo su flanco al descubierto, en un combate real, eso habría sido la sentencia de muerte de Sempronio, aunque afortunadamente ambos sabía lo que hacían. La carrera había concluido, ambos grupos estaban simulando un feroz combate, en el que hubieron algunas bajas. En la mayoría de casos fueron heridas superficiales con la intención de engañar a los judíos, pero hubieron dos bajas mortales. La primera fue Tito, uno de los hombres de Lucio, que al bloquear un fuerte golpe, perdió el equilibrio y cayó al suelo, rompiéndose el cuello. Otra fue de Marco, un legionario a las órdenes de Sempronio. Era joven e inexperto, y esta había sido la primera vez que participaba en una gran batalla de esta magnitud. Pertinax le propinó un fuerte golpe dirigido hacia su cuello. Era un golpe fácil de bloquear, que se veía claramente su trayectoria, pero el chico era inexperto, y falló al realizar la sencilla maniobra de bloqueo, de modo que el golpe de Pertinax se hundió fuertemente en su cuello, del que comenzó a manar sangre profusamente. Tras ello, cayó al suelo muerto. Aunque tanto él como Sempronio comprendían que habían sido accidentes, algunos de sus hombres decidieron plantearse la lucha más en serio, comenzando a atacar con fiereza a sus oponentes. La misión habría podido concluir en un desastre, si no es porque esos accidentes, y la fiereza que mostraron los soldados a causa de ello, pareció convencer a los judíos, que abrieron una puerta de la fortaleza, de la que salieron 15 hombres a caballo, para ayudar al grupo de Lucio. Ello fue lo único que evitó que sus hombres se mataran entre sí.

Cuando los judíos se dirigieron a atacar a los romanos, se vieron sorprendidos por la actuación de los que consideraban sus compatriotas. Lucio y Pertinax propinaron fuertes golpes con las empuñaduras de sus espadas a tres judíos, dejándoles inconscientes y derribándolos de sus caballos. Otros legionarios probaron lo mismo, pero o bien sus golpes no fueron suficientemente contundentes o bien fallaron. Acto seguido, para evitar que los judíos escaparan, tal y como había sido planeado previamente realizaron todos ellos una maniobra de envoltura, cortándoles toda escapatoria.
Los judíos se dieron cuenta que habían caído en una trampa, de modo que decidieron luchar con fiereza, a la vez que se cerraban las puertas de la fortaleza, temiendo que los romanos trataran de penetrar en ella. A diferencia de los romanos, que tenían órdenes de capturarlos con vida, los judíos no tenían tales escrúpulos, y decidieron dar cara su captura. Atacaron con fiereza y fanatismo, dispuestos a matar o morir. Un fuerte golpe en el estómago, acabó con la vida de Nasica. Algunos legionarios, decidieron ignorar las órdenes y contraatacaron para matar a sus adversarios. La misión podría irse al infierno si no se ponía orden. A su vez, algunos arqueros judíos les lanzaban flechas, y un par de legionarios cayeron víctimas de ellas. Tal vez no saldrían con vida. Tenían la superioridad numérica, pero estaban siendo acribillados, y tenían que controlar sus ataques, cosa que los judíos no hacían. Una flecha se clavó en el cuello del Decurión Sempronio, quien antes de caer de su caballo, se sujeto el cuello con la mano, y de su boca, de la que manaba sangre, surgió un gorgoteo incomprensible. Un judío atacó con fuerza a Lucio, quien bloqueo su embestida con su espada, a la vez que propinó un fuerte puñetazo en el rostro de su oponente, derribándolo del caballo. pero casi inmediatamente, otro judío se lanzó sobre él sin apenas darle tiempo a reaccionar. Trató de esquivarlo, pero no pudo, recibiendo un fuerte corte en el costado. No era nada grave, pues no había afectado a ningún órgano vital, pero el impacto y su intento de esquivarlo, desequilibraron a Lucio que cayó de su caballo, golpeándose con fuerza con la cabeza contra el suelo, lo que le hizo perder la conciencia.

Cuando volvió en sí estaba débil, y todo le daba vueltas. No sabía cuanto tiempo había permanecido sin sentido, pero probablemente no demasiado, pues el combate proseguía. Podía escuchar el combate claramente, pero no veía con claridad, a causa de la sangre que se derramaba encima de sus ojos, y estaba débil por la herida y la sangre perdida. Escuchó pasos corriendo detrás suyo hacia él, y de reojo observó que no se trataba de un romano. Pese a las órdenes, ahora era su vida la que corría peligro y no podía arriesgarse, de modo que giró fuertemente su gladius, y golpeó la cabeza de su oponente, que cayó al suelo entre espasmos a causa del fuerte golpe. No tardaría en morir. Pero no podía arriesgarse, así que empuñó su gladius con ambas manos, y lo clavó con fuerza en el caído, rematándolo. Tras ello, se limpió la sangre de la cara, y se quedó horrorizado. Era Pertinax, su fiel amigo, un leal romano y correligionario suyo en los Misterios de Mitra, que había arriesgado su vida por él, y él lo había matado confundiéndolo con un judío. Se dejó caer de rodillas al suelo, soltando su gladius, y suplicando perdón a Mitra por su crimen, a la vez que dejaba caer su gladius al suelo, aceptando el castigo que Mitra le impusiera. No merecía vivir. Había matado a un camarada y a un hermano de fe. La muerte sería bienvenida.
Un judío corrió hacia él, Lucio esperó a que llegara, esperando que se cumpliera la voluntad de Mitra, pero en el último momento recapacitó y reaccionó. Mitra era un dios guerrero, un dios de soldados, admiraba a los fuertes y despreciaba a los débiles, si quería purgar su crimen, morir como un cobarde no era la manera, si Mitra decidía que su hora había llegado, sin duda alguna caería en combate. El judío se dirigió hacia él con su espada, creyendo que un hombre desarmado no sería problema, pero Lucio detuvo el brazo que caía sobre él con una mano, mientras con la otra recogía su gladius y lo clavaba en el estómago de su adversario, del que comenzó a manar sangre con fuerza mientras retiraba su arma.

Contempló la escena. Quedaban en pie 12 legionarios, entre sus hombres y los de Sempronio. Entre ambas decurias habían logrado capturar a cuatro judíos, de modo que ordenó la retirada. Las flechas seguían cayendo y no podían arriesgarse a perderlo todo si permanecían más tiempo en el campo de batalla.
Un judío se aproximó hacia él a caballo, pero Lucio esquivó el ataque y se lanzó sobre él, subiendo al caballo y apuñalando al rebelde en la garganta, tras lo cual lanzó su cuerpo al suelo, y regresó a por uno de los judíos que había dejado inconscientes, montándolo delante suyo. Contempló a Pertinax. No era el único romano que había fallecido en el combate, pero este había fallecido a sus manos. No podía dejarlo allí, de modo que, aunque ello supusiera una demora y un peso adicional para su montura, recogió el cadáver de su camarada y lo subió a sus hombros, tras lo cual lo montó en el caballo, justo encima del judío que había capturado. No quería que el cuerpo de su camarada fuera profanado por esas bestias que se hacían llamar judíos.

Montado en el caballo, partió a toda velocidad hacia el campamento, mientras era sometidos a una lluvia de flechas (aunque afortunadamente, sus camaradas les cubrían con otra lluvia contra los judíos). No obstante estaba muy débil, había perdido mucha sangre, y las fuerzas se le escapaban. Cada vez tenía el campamento más cerca, pero comenzó a nublársele la cabeza, y cada vez veía menos a causa de la sangre que le cubría los ojos. Estaba cansado, pero tenía que llegar. Contempló como sus compañeros llegaban sanos y salvos, con los judíos apresados (aunque tres habían caído por el camino, a causa de las flechas). Si él fallaba y no llegaba, al menos la misión se habría cumplido. Pero tenía que llegar, para poner a salvo el cuerpo de Pertinax. Una flecha le alcanzó en el hombro, causándole un gran dolor. La cabeza se le nubló aún más, y poco a poco la oscuridad le cubrió. Perdió el equilibrio y cayó de su caballo. Tras impactar contra el suelo, todo se cubrió de negro. Tal vez sí que se reuniría con Pertinax, después de todo.


(...)


Lucio recuperó la conciencia. Se encontraba en su cama, en su propia tienda. Al parecer, Mitra había decidido que su momento aún no había llegado. Trató de incorporarse, pero sintió un gran dolor en el hombro, y tras pronunciar un quejido, se dejó caer d nuevo sobre la cama. Había dos legionarios en la tienda, y cuando se dieron cuenta que había despertado, uno de ellos salió corriendo de la tienda. Era de día, ¿cuánto tiempo había permanecido inconsciente? No lo sabía. ¿Hora? ¿Días? El legionario no tardó en regresar, y tras él entró en la tienda el Centurión Persius, a la vez que el legionario que se había quedado, le saludaba con la mano en alto. Lucio trató de nuevo de incorporarse para hacer lo mismo, pero el dolor se lo impidió.

Persius: No se moleste, decurión Calpurnio, está herido y debe descansar. Vosotros, retiraos y dejadnos solos.

Los legionarios siguieron las órdenes de su centurión

Persius: Me alegro que esté bien, decurión Lucio. Nuestros médicos hicieron lo posible por salvarle, aunque al principio creía que le perderíamos. Agradezco a los dioses que no haya sido así.

Lucio: ¿Cuanto tiempo he estado inconsciente?

Persius: Casi dos días, pero una vez superó con vida el primer día, los médicos ya dijeron que ya no había peligro. Pero perdió mucha sangre, si no le llegan a atender a tiempo habría fallecido.

Dos días. Eso era mucho tiempo. ¿Acaso habrían realizado ya el ataque y él se lo había perdido? Confiaba que no fuera así. Quería participar en el ataque final. Quería emular las hazañas de su abuelo, y que su nombre se inmortalizara junto al de todos aquellos que participaron en la conquista de la fortaleza judía.

Lucio: Centurión Persius, ¿Se ha realizado ya el ataque final contra la fortaleza?

Persius: Todavía no. Pero no tardará en producirse. Los interrogatorios a los prisioneros han resultado muy útiles, y hemos averiguado varios puntos débiles de la fortaleza, y la cantidad de resistentes que quedan, así como el tiempo máximo que les durarán las provisiones.

Lucio respiró aliviado. Aún podía participar en la batalla final.

Lucio: Gracias señor, pero sólo cumplimos con nuestro deber. Cuando podré reincorporarme a filas. Estoy ansioso de participar en el asalto final y dar a esas ratas judías su merecido.

Persius: Olvídese de eso, Calpurnio. Está gravemente herido. Ha sobrevivido, pero está demasiado débil, en estas condiciones no puede tomar parte en el combate. Guardará reposo hasta que su recuperación.

Lucio: ¡Pero señor! ¡He estado esperando este momento con ansia! ¡No puede privarme de él! Para ello habría sido preferible haber caído en el asalto o que me dejaran morir. Mi familia ha servido con lealtad a Roma durante generaciones, mi abuelo participó en la toma de Massada, en esta misma legión, mi hermano falleció sirviendo a Roma cuando la XXII fue exterminada por esa raza maldita. Tengo que honrar su memoria, no lo compren...

Persius: ¡Silencio! ¡Vigile su tono al dirigirse a mi!

Lucio: Si, señor.

Persius: Calpurnio, usted es un veterano de guerra, lleva años con nosotros, y sabe perfectamente que tengo razón. No puede combatir en estas condiciones, lo sabe perfectamente. Sus ansias de combate le honran, pero eso no es suficiente, y lo sabe bien. Las legiones romanas no son un grupo de combatientes individuales que luchan sin orden. Son unidades que conforman un equipo, perfectamente coordinado. Si una de sus piezas falla, puede ser letal para sus compañeros. Respóndame con sinceridad. Si uno de sus hombres estuviera en la misma situación que usted ¿le permitiría asistir al campo de batalla, poniéndose en peligro a sí mismo y a sus compañeros?

Lucio se quedó en silencio por unos instantes. Por mucho que le doliera, el centurión tenía razón. El jamás permitía que un soldado suyo combatiera en este estado, excepto en la mas extrema de las necesidades, y esta no era una de ellas. Deseaba entrar en combate, emular a su abuelo, pero no sería posible.

Lucio: Supongo... que no. Tiene razón. No estoy en condiciones de participar en la batalla. He fracasado. No podré honrar a mi abuelo ni honrar a mi hermano, después de todo... malditos judíos.

Persius: No diga eso. Usted ha luchado con valentía y lealtad en todo momento. Después de todo, ha sido gracias a la información arrebatada a los judíos a quienes capturó que lograremos una victoria más fácil y menos sangrienta para los nuestros. Y después de todo, es un héroe. La valentía que mostró al arriesgar su vida por recuperar y traer de vuelta el cuerpo de Pertinax es algo que le ha ganado la admiración de los soldados! En estos momentos es un héroe... ha honrado a su abuelo y a su hermano con creces. No se aflija por ello.

Pertinax... Le vino a la cabeza el momento en que mató a su camarada y hermano en Mitra. Y le consideraban un héroe por ello. Pensó en callarse, pero no, si lo hacía, la honra hacia su abuelo y su hermano sería falsa, aparente de cara a los hombres, pero Mitra sabía perfectamente lo sucedido, y a su muerte debería rendir cuentas por ello.

Lucio: Pertinax... Señor, debo confesarle algo en cuanto a lo sucedido con Pertinax.

Persius: Dígame.

Lucio: Yo maté a Pertinax. Fue un accidente. Estaba herido y la cabeza me daba vueltas, acababa de caer del caballo y tenía sangre en los ojos. Vi como lo que parecía ser un judío hacia mi se aproximaba y lo maté, tras descubrir luego que se trataba de Pertinax. Traerlo era lo mínimo que podía hacer para honrar su memoria. No me merezco esos honores, soy culpable de su muer...

Persius: Silencio. Eso fue un accidente, y esas cosas suceden en el campo de batalla. Un lamentable accidente, cierto, pero deje de culpabilizarse por ello. No dirá a nadie más nada de esto, usted es un héroe y la moral está alta, y esta noticia podría enturbiarla. Nadie sabrá lo sucedido. Es una orden. ¿Lo ha entendido?

Lucio: Perfectamente, señor.

Persius: Bien, pues eso es todo. Descanse y recupérese. Si todo va bien, pronto los judíos no serán más que un recuerdo en la historia, y nadie más sabrá de ellos en los siglos venideros. Ave Cesar!

Lucio: Ave César.

Tras lo cual, el centurión abandonó la tienda, dejando a Lucio solo con sus pensamientos. Sería considerado un héroe. Pero en su corazón tan sólo él conocía su vergüenza, y lo peor de todo, es que no podía confesarla a nadie. Ojalá Mitra fuera tan comprensivo como su centurión, pero ese era un misterio que no sabría hasta que no se reuniera ante él.


05 Nov 2006, 23:01
Perfil WWW
Antiguo
Antiguo
Avatar de Usuario

Registrado: 19 Feb 2006, 14:51
Mensajes: 124
Ubicación: En el Mundo Multiplanar
Nota 
Heráclito - Vientos del sureste

La Torre de los Vientos contemplaba desde la el este del ágora de Atenas a los transeuntes que deambulaban despreocupados por él. Antígono palmeó el hombro de Heráclito con un tono paternalista, y con su bastón, le señaló una de las paredes del edificio octogonal.

Antígono: El viento del sureste, Heráclito - dijo su mentor señalando el símbolo de Eolo que marcaba aquella dirección -. A ese es al que debes encomendarte en tu camino hacia Judea.

Heráclito asintió, y adelantándose a Heráclito, depositó su ofrenda al dios de los vientos: una pluma de gaviota, en cuyo penacho mojó algunas gotas de su sangre e inscribió su nombre en la base de la pared de la torre. Se giró, ligeramente inseguro de si aquel era el modo correcto de pedir la ayuda de Eolo para un viaje, pero bajo sus barbas canas Antígono asintió instándolo a terminar.

Cuando al fin lo hizo, Heráclito se lamió ligeramente la pequeña herida que se había hecho en el dedo corazón de su mano derecha y regresó al lado de su maestro. Retomando su bastón, el viejo galeno le dio otra palmada en el hombro, y ayudándose en Heráclito emprendieron el camino de regreso a la Academia.

Antígono: Bien, muchacho - empezó de nuevo con su tono paternalista habitual -. Pronto estarás en la tierra donde el exarca Adriano ha cumplido con su deber sagrado de emperador. Pronto podrás empezar a relatar su historia, narrada por los testigos de quienes la vivieron. Como Herodoto, tú serás el próximo en registrar para la posteridad la verdad de los hechos acontecidos en esta guerra contra los judíos desde una postura neutral.

Heráclito: Pero maestro - replicó el joven -, el emperador fue el señor Arconte de Atenas, y es amigo vuestro desde hace años. No creo que sea apropiado que yo actúe como personaje imparcial narrando su historia.

Antígono sonrió y ladeó la cabeza negativamente.

Antígono: ¿Qué te he enseñado todos estos años? - replicó el hombre -. Tú no conoces a Adriano. Tus ojos son vírgenes ante sus hazañas y su persona, y tu mente no debe dejarse influenciar por las historias que te he contado de él. Piensa en ellas como un modo de avivar tu curiosidad e involucrarte en este asunto. El primer deber del historiador, es estar interesado en la cuestión que narrará, o de lo contrario nunca podrá volcar su corazón en sus palabras.

Heráclito movió los labios en una mueca que hizo que su nariz también se moviese. Era un gesto muy curioso que diferenciaba a aquel joven de muchos otros jóvenes de aspecto similar al suyo. Antígono, al verlo, pinzó con suavidad la nariz de Heráclito.

Antígono: ¡Nunca aprenderás!

Heráclito: ¡Au! - se quejó apartándose de los rugosos dedos del viejo ateniense -. Todo eso es muy fácil de decir, pero soy yo quién irá a una zona en guerra, dejando la seguridad de la polis.

Antígono: Era tu destino, Heráclito. Un verdadero historiador debe ver y vivir con sus ojos la historia. Nada ganarás quedándote en casa, escuchando los relatos de aquellos que vienen de lejos. La gente exagera las cosas. No entienden que el historiador debe ser objetivo, imparcial.

Antígono alzó su bastón y señaló la vieja acrópolis ateniense.

Antígono: Mira esta ciudad. Si un bárbaro la viese, podría pensar que fue construida por los mismísimos dioses. Pero gracias a los que siguen la senda marcada por Herodoto, recordamos a Pericles aún quinientos años tras su muerte. Recordamos a Solón. A Alejandro. Sabemos bien que fueron hombres, y no dioses como algunos pretenden hacernos pensar.

Antígono bajó su bastón, y girándolo, dio un suave golpe en la cabeza de su aprendiz. Y se rió.

Antígono: ¡Es la base del pensamiento y de la razón! Así que acuérdate de lo que te he enseñado estos años, ¿de acuerdo?

:arrow: Bien, turno preliminar para empezar a comprender de dónde viene Heráclito.

:arrow: Trasfondo básico: el actual emperador Adriando fue el Arconte (gobernante) de Atenas hace unos veinte años, cuando aún era joven y era un aristócrata romano. Ahora, ya emperador, ha mandado una misiva a la Academia de Aristóteles de la ciudad pidiendo un cronista para recoger la campaña en Judea en una crónica escrita.

:arrow: Antígono cree que Heráclito está preparado para afrontar el reto, pues la dureza del viaje y los peligros de éste recomiendan fuertemente que sea alguien joven quien lo emprenda.

:arrow: Así que, antes de entrar en materia, veamos un poco la vida de Heráclito en la ciudad de Atenas: quiénes son sus amigos, sus problemas hasta ahora... Esto puede incluir los preparativos para la marcha, las despedidas. El deber llama a la puerta del joven, y quizás tenga que despedirse de algún amor de juventud - platónico o real.

Reto (+25% de experiencia): Inventa una situación en que la elección de Heráclito cause la envidia de algún compañero de la Academia. Que se vea que el favoritismo profesado por Antígono el Galeno hacia el joven, dado su origen anónimo, es mal visto por algún estudiante de origen romano aristócrata.

_________________
Zu jeder Zeit, an jedem Ort,
ist das Tun der Menschen das gleiche...


11 Nov 2006, 02:19
Perfil WWW
Antiguo
Antiguo
Avatar de Usuario

Registrado: 19 Feb 2006, 14:51
Mensajes: 124
Ubicación: En el Mundo Multiplanar
Nota 
Livia - Mercancía (3'75 px)

El paño de agua fría goteaba por las sienes de Livia mientras Quirón lo colocaba nuevamente para rebajar la fiebre de la muchacha. El esclavo griego, tutor de los hijos de Tito Livio, miraba con gesto preocupado a la única hija del patricio, estirada como una estatua de mármol sobre su lecho. Los labios de Livia se entreabrieron, y la muchacha se agitó en su delirio que ya se prolongaba prácticamente dos horas. La noche era cerrada, y fuera había dejado de llover.

Al fin, los ojos de Livia se entreabrieron en la penumbra que proporcionaba a Quirón la tea de grasa que había sobre la mesita junto a la cama de la joven. Levantándose de su taburete, Quirón observó los torpes movimientos de Livia.

Livia: ¿Qui... Quirón...?

Quirón: Shhh... - hizo el griego llevándose un dedo a los labios en señal de silencio -. Ya pasó, ya pasó.

Livia trató de enfocar su vista, pero la tenue luz y el agotamiento que sentía en sus extremidades sólo le pedían dormir.

Livia: He tenido una pesadilla, Quirón...

El griego forzó una sonrisa tranquilizadora bajo sus barbas rizadas y aceitadas, y negó suavemente con la cabeza.

Quirón: Estás agotada, Livia. Descansa. Duerme. Mañana habrá otro sol en el cielo.

Livia suspiró, y entre las brumas de la inconsciencia y el sueño, se abandonó al abrazo de la noche. Su respiración se volvió más pausada, y en algún rinconcito de su mente pensó lo mucho que lograría hacer reir a Secundo y a Tertio cuando les contara la pesadilla que había vivido.

El nuevo sol fue perezoso. Alzándose entre brumas matinales, despertó a una Livia que rápidamente se vio presa de un dolor de cabeza inesperado. Se llevó una mano a la base del craneo para hallar, con una mezcla de sorpresa y miedo, un chichón de considerable tamaño envuelto en un paño aún húmedo. Apartó el paño, y sujetándolo con el puño cerrado, se dio cuenta con amargura que sus pesadillas eran la vida real, y que sólo en sus sueños podía seguir viendo a sus difuntos hermanos.

Muy lentamente, sin prisas porque nada la motivaba a tomárselas, Livia se alzó de la cama. El olor y la sensación de suciedad que llevaba el hecho que la noche anterior no tomase su baño hizo que de manera casi automática llamase a Selene para que le preparase un baño matinal. El agua tardó casi media hora en estar lista, y mientras la esperaba la joven Livia salió al patio de la casa para envolverse del extraño silencio en que estaba envuelta la villa de Tito Livio aquella mañana. Con aire cansado preguntó a Quirón, que estaba cortando algo de leña para el fuego del baño, dónde estaban sus demás hermanos.

Quirón: Tito salió a primera hora de la mañana. Al parecer, ayer durante la parte final de los funerales recibió una llamada por parte de algunos de los miembros de las demás familias de la ciudad para hablar de asuntos importantes. Se ha llevado a Cuarto para que empiece a aprender cómo funcionan los asuntos familiares.

Livia se quedó sorprendida. Recordó cómo la víspera había encontrado a un Tito enclaustrado con los documentos de padre, agotado. En ese momento no había dado importancia a lo que hacía su hermano, preocupada por el hecho que en ese momento monopilozaba su pensamiento. Tras asentir y despedirse de Quirón, subió al despacho de padre y allí encontró los papeles que su hermano consultaba aún desparramados sobre la mesa de piedra. Como aún tenía un buen rato antes del baño, se entretuvo mirándolos.

Primero acarició únicamente aquellos pergaminos aún abiertos, vigilando no dejar constancia de su paso por el despacho. Poco a poco, se dio cuenta que para entender un poco mejor lo que su hermano estaba haciendo, debería mirar los documentos sepultados en aquella montaña de papeleo. Antes de poder hacerlo, Selene la llamó para acudir a su baño.

Sumergida en el agua caliente, Livia permitió al líquido limpiarla y purificarla. La túnica negra del luto la esperaba como un sudario mortecino, dispuesta elegantemente por la esclava sobre un perchero. Los ojos oscuros de la joven miraron aquellas ropas del color que había estrenado apenas un día antes, y el nudo de la garganta regresó a su lugar. Tomó aire y dejó su cabeza sumergirse en el agua, y deseó que sus preocupaciones desaparecieran al salir.

Pero no lo hicieron. Seguían en su sitio. Y Livia sabía que no habían hecho más que empezar. Lo que Tito había estado revisando en el despacho de padre eran sus cuentas de los bienes familiares. La guerra había sido devastadora para todos, y aún recordaba con amargura cómo habían tenido que huir de la casa casi con lo puesto hacia el norte cuando Simon ben Kosiba y sus sucios perros traidores se alzaron en armas al negarse a hacer los sacrificios pertinentes en el templo al divino emperador Adriano.

Lo que no imaginaba Livia, era que el precio de la guerra hubiese pasado tal factura a la economía familiar. Pero lo poco que había escrito en los documentos que había logrado revisar dejaba claro que antes de desaparecer, Tito Livio padre había tenido que acudir a las demás familias de Jerusalén - no, de Aelia Capitolina; debía empezar a acostumbrarse al nuevo nombre de la ciudad - para evitar el hundimiento de sus negocios. Ellos, patricios de la casa de los livios, en manos de prestamistas.

"Por eso mi hermano quiere casarme con el hijo de esos mercaderes: por dinero. Tiberio tiene una familia honorable, pero no tienen ni de lejos el dinero que tienen los Maccio."

La ira creció lentamente en Livia, como el calor en una olla al fuego que busca estallar en la ebullición. Ella, la hija de Tito Livio, vendida como una vulgar fulana al hijo pequeño de una familia menor. Tensa, pensó con amargura hasta qué punto había tardado Tito hijo en encontrar una excusa válida para mantenerla tranquila.

Tito: Sin padre, cualquier patricio querrá desposar a su hijo contigo para controlar a los Livios y no podemos permitirlo, Livia ¿O quieres ver como un enemigo de la familia se queda con nuestros bienes y borra nuestro nombre? ¿Es eso lo que quieres?

Las palabras de Tito resonaron en su cabeza como una mentira largamente meditada. ¿Por qué, si no, el muchacho la había mandado a paseo cuando trató de hablar con ella por primera vez?

Quirón: Señora, tu hermano ya puede recibirte.

Y Quirón, ¿lo sabía? El tutor de los livios compartía muchas horas y muchas confidencias de los hijos de Tito Livio. ¿Podía ser que la idea hubiese partido de él? Falto de experiencia, sin duda Tito buscaría consejo en aquellos que podían dárselo.

Livia salió al fin del baño y se cubrió con una toalla, que secó su fina y blanca piel. Lentamente, se enlutó con el vestido negro y se ajustó alrededor del cuello el collar de aguamarinas. El sol estaba alto cuando salió del baño, pero aún quedaban un par de horas para que alcanzara el cénit del cielo. Y mirándolo, Livia tomó consciencia que si no quería convertirse en una mercancía, debía hacer algo.

:arrow: Bien, el nuevo turno se centra en lo que Livia haga a partir de este punto. Tienes diversas opciones abiertas ante ti. La más evidente, es tratar de tomar cartas en el asunto que atañe la crisis financiera familiar. Es probable que el gesto de Tito, aparentemente precipitado, venga dado por presiones de los creditores de Tito Livio padre tras la muerte de dos hermanos.

:arrow: Así pues, tienes carta blanca para iniciar una renegociación con tu hermano de lo que aquí acontece.

Reto (+25% experiencia): Revisar en profundidad los papeles de Tito Livio para hallar la existencia de un negocio poco claro-turbio que Livia desconeciese y en el que el patricio estuviese implicado. Probablente, tráfico de información de la red de mensajeros imperial a cambio de favores o dinero para la familia. Seguramente, algo para sobrevivir. La documentación señalará que este asunto turbio, de saberse, podría hundir definitivamente a la familia. El reto consiste en elaborar las claves de esta trama de tráfico de influencias, desde el punto de vista de lo que pueda quedar documentado en los papeles de vuestro padre.

_________________
Zu jeder Zeit, an jedem Ort,
ist das Tun der Menschen das gleiche...


12 Nov 2006, 23:54
Perfil WWW
Antiguo
Antiguo
Avatar de Usuario

Registrado: 19 Feb 2006, 14:51
Mensajes: 124
Ubicación: En el Mundo Multiplanar
Nota 
Lucio - Los lamentos de los famélicos (3'75 px)

Lucio tardó aún dos días más en estar en condiciones para poder ponerse en pie. Además de la herida del hombro, que el decurión romano no alcanzaba a recordar cómo se la había hecho, la del costado había supurado en abundancia durante la noche del segundo al tercer día. Por fortuna, mejoró a partir de entonces de manera apreciable, y los peores temores de una complicación en la herida se disiparon.

Para su sorpresa, al salir de la tienda vio que el campamento estaba súmamente tranquilo. Tomó bajo su brazo una muleta que le habían traido para ayudarse, y se acercó a las letrinas para vaciar su orinal lleno de la noche anterior. A su regreso, encontró a un grupo de soldados de otra decuria conocida que jugaban a los dados. Décimo Flaco, un decurión de su centuria, estaba con ellos. Se acercó renqueando con su muleta, y éstos le saludaron con sonrisas.

Soldados: ¡Ave, decurión!

Lucio: Ave, ave... - respondió Lucio, deteniéndose.

El sol aún no estaba muy alto, y el aire era fresco para la época. Lucio se alegró, pues los últimos dos días en la tienda habían sido agobiantes por culpa del calor que llegaba a hacer en ella al mediodía.

Lucio: Decidme, ¿por qué está todo tan tranquilo en el campamento? - dijo, sentándose sobre un tronco junto a los muchachos.

Flaco: Bueno, el general Severus ha decidido humillar a Bar Kokhba.

Lucio: ¿Humillar? - preguntó frunciendo el ceño, extrañado -. ¿Cómo?

Flaco: Como lo oyes. Esos rebeldes que trajísteis han servido para encontrar algunos túneles secretos excavados en la ladera del mar Muerto. Por allí, podían abastecerse en secreto por detrás de nuestras lineas. Ya no tienen con qué obtener agua ni alimentos, y ahí dentro están hacinados tanto los últimos combatientes rebeldes como muchos refugiados de Jerusalén.

Lucio repasó mentalmente la batalla de la toma de Jerusalén. En un último esfuerzo que causó terribles bajas, las tropas rebeldes salieron de la ciudad en dirección a Belén, y de allí subieron el camino de las montañas hasta la fortaleza de Betar. Se habían llevado consigo a sus familias. De eso hacía diez días.

Flaco: Ahora, ahí dentro hay más gente de la que pueda tolerar la fortaleza. El agua se les acabará en apenas unos días, probablemente antes de fin de mes, y eso si llueve algo. El general Severus desea hacer pagar a Bar Kokhba todo el daño que ha hecho, y dejar que se pudra ahí dentro.

Lucio alzó la mirada buscando la silueta de Betar. La fortaleza se alzaba sobre una loma de difícil acceso, cuya ladera oriental daba a un acantilado bastante pronunciado. El mar Muerto podía verse al fondo de la linea de acantilados de aquella zona. Lucio alzó los ojos buscando el sol de la mañana, y una sonrisa llena de odio apareció en su cara. Y deseó que el calor de los últimos dos días siguiese apretando también esa jornada.

Los días se sucedieron, y con ello el recuerdo de la muerte de Pertinax fue convirtiéndose en algo cada vez más lejano. Lucio hizo varias ofrendas a Mitra para apaciguar el alma de su amigo caído. Mientras, el sol se alzó sobre cielos impolutos casi cada día desde aquella fatídica noche. De vez en cuando, los romanos hacían maniobras para aparentar que preparaban un asalto, e incluso lo iniciaban para retirarse rápidamente. A veces, lo hacían de noche, en horas intempestivas, o bajo el sol de justicia del mediodía. El general Severus deseaba minar la moral judía por completo.

Y llegó pico del verano, y fue a la tercera semana del asalto cuando empezaron a oirse aquellos extraños ruidos procedentes de Betar. Había que alejarse del campamento para poder distinguirlos, y no fue hasta hacerlo al frente de una patrulla cerca de los acantilados que Lucio Calpurnio Bruto los distinguió por encima del viento. Eran lamentos, lamentos famélicos. Aislados, sedientos, los judíos veían cómo eran incapaces de alimentar a aquellos que no podían combatir. Los soldados de Bar Kokhba continuaban montando guardia sobre las murallas, pero el sonido de lamentos de los civiles atrapados en la fortaleza fue creciendo con los días.

En su imaginación, Lucio casi podía ver a los líderes rebeldes acosados por aquellos a quienes se suponía debían proteger, hambrientos y desesperados mientras ellos mantenían en forma a las tropas. Si eso se prolongaba, pronto estallaría la peor de las revueltas internas en Betar, y el plan de humillar al mal llamado "mesías" judío habría llegado a su cúspide.

Y así, el general Severus hizo al fin el llamamiento a las armas. Reunió a los centuriones, y ellos transmitieron sus órdenes a los decuriones.

Persius: Bien - empezó el centurión Persiuis -, así están las cosas. Ayer se observaron disturbios en la fortaleza, y varios de los hombres de Bar Kokhba abandonaron las murallas para apaciguar lo que fuese que sucedía en el interior de las murallas. El general calcula que se quedaron sin provisiones para los civiles hace una semana, y sin agua hace dos días.

Sonrisas y gestos de alegría inundaron a los decuriones de la centuria de Lucio. Lucio mismo sintió la alegría de oir aquello.

Persius: Dentro de dos días, es Tisha B'av. Es una fecha señalada para el pueblo judío, pues en ella el templo de Jerusalén fue destruido en la anterior guerra, hace sesenta años. Betar y Bar Kokhba morirán en Tisha B'av.

Una sensación de euforia invadió a Lucio Calpurnio Bestia. De todos los relatos de su abuelo, el de la jornada en que destruyeron el templo de Jerusalén fue una de las más grandes vividas por Tito Calurnio Bestia. Tenía grabada en su retina las vistas de las cruces llenas de judíos, de tantas veces que las había imaginado. "Había tantas, que no había suficiente madera para todos ellos." Pronto, él podría emular las hazañas de su abuelo.

Los preparativos fueron rápidos, y la moral estaba en su punto álgido. Tanto como el sol. La mañana del ataque, todo estaba listo para hacer del Tisha B'av - el Día Más Triste según los judíos - un verdadero mar de sangre.

:arrow: Bien, este es el tema del turno. Los romanos empezaréis el asalto, y no habrá resistencia. Al llegar a Betar, al término de una rebelión interna al ver el avance romano en la que se han dado muerte a muchos civiles, los judíos se han suicidado en masa. Igual que sucedió en Masada cuando la Gran Rampa abrió brecha en las murallas.

:arrow: Por lo tanto, el turno mostrará cómo los romanos logran asaltar la fortaleza de Betar sin aparente esfuerzo y sin resistencia, y encuentran un espectáculo dantesco de casi dos mil cadáveres. Aunque los soldados están más o menos "bien", los civiles han sido asesinados al resistirse. Están además demacrados del hambre y la sed, y hay una pila de muertos por enfermedad considerable en una de las alas de la fortaleza.

Reto (+25% de experiencia): Severus ordenará quemar la fortaleza hasta los cimientos, pues quiere que no quede rastro de Bar Kokhba. Y hará un parlamento en que instará a los soldados a recordar las atrocidades cometidas por los judíos contra su propia gente. Pedirá a las tropas nunca olvidar el espíritu y el honor de Roma, y que nunca bajo ningún concepto olviden que por dura que sea la prueba, nunca deben llegar a convertirse en bárbaros como los judíos de Betar.

_________________
Zu jeder Zeit, an jedem Ort,
ist das Tun der Menschen das gleiche...


13 Nov 2006, 02:21
Perfil WWW
Ancilla
Ancilla
Avatar de Usuario

Registrado: 14 Sep 2006, 00:06
Mensajes: 41
Ubicación: Somewhere over the rainbow...
Nota 
Livia:

Livia: Quirón, convéncele... A ti te escuchará, tú eres sabio, tú eres un hombre... ¡No puede casarme con un chiquillo que todavía no tiene ni la sombra de su bigote! Mi padre me educó para que cualquier hombre pudiera desear desposarme ¿Qué importa el dinero que tenga su familia si ese dinero no va a llegar a esta casa? Conmigo me llevaré solo mi dote ¿Qué importa que el muchacho sea rico? Esta familia seguirá igual que ahora... Él es un soldado, como Tiberio, él entenderá que los hijos de un mercader no pueden tener tanta gloria como los de un militar... Quiero dar a Roma hijos que sepan honrarla, Quirón, tú sabes que este enlace haría a mi madre, que ganó su derecho, muy desgraciada si viviera y deshonraría a mi padre, que antes preferiría sufrir necesidad que ver como su nombre se mancha y mancha con él a toda nuestra dinastía, que se remonta a la fundación de Roma. Habla con él, Quirón, hazle entrar en razón... Haz que me permita casarme con Tiberio ¡Le amo!

Quirón alzó una ceja escéptica.

Quirón: Señora, sabes tan bien como yo que apenas has visto a Tiberio en el templo dos veces y que jamás has hablado con él...

Livia: ¡Pero le amaré! Es hermoso como Adonis, fuerte, honorable... ¡Le amaré, tú lo sabes! Le daré hijos fuertes y hermosos. Puede que la casa de Tiberio no tenga tanto dinero como la de esos mercaderes, pero con mi dote y su nombre, es seguro que nuestra familia ganará en contactos y favores, porque mi padre era ministro de Roma y ese es suficiente argumento para devolver a una familia su poder... ¿Acaso cree mi hermano que verá el dinero de los Maccio?

De pronto se dio cuenta de algo que la aterró y la hizo temblar. Las rodillas le fallaron un instante y Quirón, alarmado, temiendo que cayera de nuevo al suelo, se abalanzó sobre ella para sujetarla, pero la muchacha no se desvaneció. Su tez estaba pálida y sus ojos febriles, pero estaba despierta. El esclavo quiso llamar a Selene, pero Livia le hizo un gesto con la mano indicando que estaba bien y le rogó que la dejara sola. Cuando la puerta se cerró tras él, Livia miró perpleja a su alrededor y se acercó al hermoso busto de su madre que un famoso artista había tallado. Allí estaba el amado rostro, tan parecido al suyo, los rizos de piedra, tan reales como si la medusa la hubiera mirado y convertida hubiera quedado en escultura... Acarició el rostro pétreo.

Livia: Mira lo que ha sido de mi hermano, madre.- se lamentó frente a la escultura, como si esta pudiera oírla- Quiere vender mi nombre a cambio de fortuna, como si fuera una yegua... ¿Para qué querrían dote los Maccio si tienen tanto oro que duermen sobre él? Sin embargo a ellos sí que les favorecería el renombre de nuestra familia, y a nosotros su oro... Ah, trato justo, comercio de carne... ¿Qué va a ser de mí, madre? ¿Debo obedecer a Tito, que se dice paterfamilias, aunque no hayan pasado tres años desde la desaparición de nuestro padre? Pero... si padre sabía de nuestra ruina ¿Por qué me prometió a Tiberio? Porque me amaba, madre, porque quería para mí un esposo digno de su hija... ¿Qué debo hacer, madre? Háblame, envíame una señal, enséñame el camino o acabaré cortándome la vida con la hoja afilada de una daga. Una promesa es una promesa, madre, tú me lo enseñaste. No puedo romper la que padre le hizo a Tiberio y a su familia. Sé que no soy justa, que de buen grado la rompería si fuera con los Maccio y fuera Tiberio quien me es negado pero no así...

Gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas, pero no se molestó en secarlas. Abrió la puerta de su dormitorio y llamó a Selene, que acudió tan deprisa como pudo dada su avanzada edad.

Selene Dime, niña.- inquirió la anciana cuando llegó hasta ella y atribuyó sus lágrimas al reciente drama familiar.

Livia sacó entonces de un cofre unas tablillas y un estilo y escribió rápidamente un mensaje. Luego cerró la tablilla con un cordel y se lo entregó a su esclava con manos temblorosas. Después sacó de un saco algunas monedas y se las entregó a la anciana.

Livia: Ve al herbolario y traeme milenrama para mi vientre. Tiberio vive cerca, quiero que lleves este mensaje a su casa y que esperes a que lo lea y responda. Me traerás entonces su respuesta en estas tablillas. Es muy importante que mi hermano no vea el mensaje ¿Has entendido?

La anciana asintió.

Livia: ¡Ve entonces, corre!

Cuando Selene se marchó, Livia cerró la puerta tras ella y volvió a dirigirse al busto de su madre.

Livia: Tú que puedes, madre, habla con los dioses, pídeles que intercedan por mí. Ojalá Tiberio acepte reunirse conmigo en el templo mañana y pueda ayudarme a romper estas nupcias que mi hermano me impone. Ya ha habido demasiadas muertes en esta familia y no quisiera tener que cortarme la vida como Cleopatra, abrazando un áspid, para evitar este enlace ridículo y contrario a todo.

De pronto, como si al mencionarla, la reina de Egipto le hubiera infundido su fuerza y tenacidad, se sintió despierta y fuerte. Besó a su madre en la mejilla, acarició la piel de piedra y salió del dormitorio con paso firme y con una nueva determinación en la mirada.
Los sirvientes se apresuraban aquí y allá por los pasillos, podía oir el sonido del agua lanzada por las ventanas de los pisos superiores, el murmurllo de la fuente en el patio interior... Al pasar por el atrio vio a Quirón con Cuarto sentado docilmente a la sombra, enseñándole el uso del ábaco, que al parecer el pequeño de los Livios encontraba divertido. Quirón la estudió atentamente cuando pasó por allí, en busca de signos de debilidad, visiblemente preocupado por su ama, y pareció satisfecho al ver que se mostraba entera, con aquella extraña nueva apostura, y volvió a concentrarse en las cuentas de Cuarto.
El fuego del altar no se apagaba nunca y humeaba tranquilamente cuando Livia se arrodilló frente a él para orar. Rogó por las almas de sus hermanos, en su largo viaje al Inframundo, y pidió a los dioses el valor para poder soportar lo que se avecinaba. Antes de levantarse, oró por su padre y sus hermanos vivos y rogó a Venus que Tiberio acudiera a su cita y la ayudara a librarse del matrimonio que su hermano había previsto para ella.
Cuando se puso en pie y alisó su túnica oscura, Quiró n y Cuarto habían dejado el ábaco y se dedicaban ahora a leer viejos volúmenes en griego, que habían pertenecido a la colección de su madre.

Quería hablar con Tito, preguntarle todo lo que no había podido preguntar la noche anterior, de modo que se dirigió al estudio de su padre: la puerta estaba abierta cuando se acercó, y comprobó decepcionada que su hermano no estaba allí. Volvió al patio y se asomó hasta que vio a su tutor.

Livia: ¿Donde está mi hermano, Quirón?- preguntó, tristemente consciente de que ahora solo podía referirse a uno de ellos.

Quirón: Tenía asuntos que tratar- respondió el esclavo- dejó dicho que no volvería hasta el anochecer.

Sorprendida Livia asintió y regresó al estudio, donde aún permanecía el aroma de su padre, a cuero y espliego, a pergamino. Recorrió con la mano alabastrina la mesa de mármol cubierta de documentos y estilos, acariciando las carpetas de piel curtida que su padre había hecho repujar con el emblema familiar y perfumar de espliego. Había pequeñas conchas marinas en la mesa, recuerdo de la vez en que toda la familia, con Cuarto pero sin Ottavia, su madre, habían ido a la orilla del mar con todo el séquito de su padre. Aquella vez Secundo y ella habían caminado por la orilla cogidos de la mano, vigilando con ojo constante al pequeño Cuarto, que veía el mar por primera vez y recogía tantas conchas que para cargalas tenía que utilizar su túnica corta a modo de cesto. Su padre amaba a su familia, había conservado aquellas conchas porque amaba a sus hijos... y ahora ya no estaba. Sintió un nudo en el pecho y la garganta al recordar sus brazos fuertes que la reconfortaban cuando por la noche, de niña, despertaba sobresaltada a causa de una tormenta, cuando le regaló su primera túnica de adulta y le anudó aquel hermoso collar de amatistas al cuello... ¿Qué había hecho con el collar? Casi lo había olvidado, tendría que pedirle a Selene que lo buscara y se lo diera para que pudiera llevarlo junto a las aguamarinas, en honor a su madre, a quien su abuelo se lo había regalado cuando se convirtió en una mujer.
Se sentó en el asiento de su padre en busca de su aroma y al levantar la vista se encontró frente a frente con el fresco que Tito Livio había hecho pintar en la pared más amplia, en el que aparecían una Livia y un Tito aún pequeños, y su madre, hermosa como nunca, con el vientre abultado con el pequeño Secundo.Su madre llevaba entonces el collar de amatistas y sus ojos brillaban de felicidad: era una mujer joven que se había casado con un buen hombre que la trataba bien y al que había dado ya dos hijos, entre ellos un varón, y que prometía seguir dandole descendencia... Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas, pero esta vez lloró por todos, por la suerte de aquella familia que había sido tan feliz y que había visto como la felicidad se les convertía en cenizas en la boca... Tal vez fuera su destino perpetrar en su linaje la desgracia familiar, que estaba maldita, como Cassandra, que sería siempre desgraciada...

Apartó la vista del fresco porque sintió que se ahogaba de pena y buscó consuelo en la escritura clara y firme de su padre en los pergaminos que había sobre la mesa. Ahí estaban sus vocales pesadas y oscuras, el trazo sutil que unía las letras, el alzado breve y concreto... Había cartas sobre la mesa, los documentos que Tito había estado estudiando la noche anterior y de pronto sintió una punzada de curiosidad, una intriga dificilmente resistible, y se preguntó qué decían aquellos legajos que tanto había afectado a su hermano y le habían llevado a ponerse al frente de la familia, ignorando todas las convenciones sociales y legales. Cogió aquí y allá pergaminos de los desperdigados por la mesa pero apenas entendía nada: se trataba de facturas, de asuntos de comercio tan lejanos para ella como los misterios de los sacerdotes y las Vestales. Sin embargo esos eran los documentos que había mirado Tito la noche anterior, de modo que ahí debía estar la clave, si ponía el suficiente empeño. Al fin y al cabo, Tito no volvería hasta el anochecer y apenas era mediodía.
Con esta determinación reinició su búsqueda, esta vez prestando mas atención. Con la intención de encontrar el primero de toda aquella colección, procedió a ordenar los pergaminos siguiendo su fecha, buscando la mas temprana de todas ellas. Al cabo de no pocos minutos encontró su objetivo: se trataba de una carta, al parecer proveniente del Senado de Roma en la que , por lo que pudo entender entre toda la jerga admnistrativa, el Imperio autorizaba a Jerusalen a vender el grano de sus campos en la ciudad si los sarracenos saqueaban las caravanas de trigo provenientes de Egipto, el granero imperial.
Livia recordaba los sacos de grano que llegaban de Egipto cuando vivían en Roma. Eran grandes, tanto que un hombre enclenque no podía solo con uno de ellos, y la tela de que estaban hechos era oscura y vasta, y tenían impreso en tinta roja el escudo de la provincia romana de Egipto. Ahora que lo pensaba hacía mucho tiempo que no veía uno de aquellos sacos por culpa de los sarracenos, le había dicho su padre, que saqueaban las caravanas y se llevaban el grano. Tras leer aquel edicto, Livia recordó que creía haber visto unas cuentas que mencionaban el trigo en algún lugar, lo buscó entre los legajos y dio con él. Quirón le había enseñado a hacer cuentas, pues como futura esposa tendría la llave de los caudales de la casa de su marido y debería saber administrarlos, y tras echar un vistazo a los números comprendió que tras la guerra los campos habían sido arrasados y que no había mas trigo. Y si lo sarracenos atacaban a las caravanas, nada llegaría a Jerusalen, entonces. ¿qué les esperaba? ¿La hambruna? Estudió el documento en busca de más información, y encontró unas anotaciones que parecían ser los intereses que su padre recibía de la venta del grano. Dada la pobreza de los campos tras la revuelta, estos eran exiguos, pero si los datos eran reales, era más que probable que de ahí proviniera todo el oro que les permitía vivir con lujo y comodidad... Livia no sabía que su padre tenía campos de trigo y jamáslo habría imaginado, pues entre los hombres que le rendían pleitesía como patrón cada mañana no había ningun campesino que trabajara aquellas tierras. De hecho, no había ningun campesino, puesto que todos eran cosmopolitas, joyeros, vendedores, escribas, perfumistas... No, todos iban bien vestidos, todos olían a perfume y calzaban sandalias decoradas con piedras y repujados. Pero aquellas cuentas hablaban de los campos de su padre, campos en Jerusalen, y eran recientes, de apenas unos días tras elfin d la revuelta... Buscó entre los documentos algo que atestiguara que tenía hombres trabajando para él en el campo, pero no encontró nada, y abatida se dio por vencida.
El tiempo había pasado más deprisa de lo que pensaba y las sombras ya se alargaban cuando terminó con una terrible sensación de abatimiento y volvió a distribuir los papeles por la mesa para dejarlos como estaban... De modo que su hermano la casaba con el primogénito de los Maccio para mantener el estatus familiar... ¿Lo hacía aquello más lícito? ¿Que Tito trabajara por la familia y no por codicia? Tampoco estaba tan segura de eso ¿Acaso no recibían dinero de Roma por la labor que su padre llevaba a cabo en Jerusalen? ¿No era suficiente aquel oro para vivir con comodidad?
Inmersa estaba en aquellos pensamientos mientras caminaba por la casa como un fantasma, silenciosa y solemne, y regresaba a sus aposentos para orar frente al busto de su madre. Tal vez los Dioses se ofendieran por dirigir una plegaria a una simple mortal, pero pensó que de todos ellos Cibeles la comprendería y se compadecería de ella.

Era ya entrada la tarde cuando Selene regresó con la milenrrama y las tablillas, anudadas con un lazo complejo, nada que ver con el elegante cierre que Livia le había dado y que le hizo saber de inmediato que traía la respuesta de Tiberio. Tomó el díptico de manos de su ama y la despidió con un beso en la mejilla, pidiéndole que preparara para ella una infusión con las hierbas. La esclava, que sabía que Livia no se encontraba en aquel punto de su ciclo lunar, asintió, consciente de que la muchacha estaba afligida y deseaba leer a solas aquella misiva del apuesto Tiberio.
Cuando los pasos de la anciana se hubieron alejado hasta convertirse en un sonido sordo de pisadas en el mármol Livia, con el corazón en un puño, desató el nudo y leyó la respuesta, tan escueta y clara como lo había sido su misiva.

La cera rezaba sencillamente "Sí"

Miró por la ventana: apenas faltaban unas horas para el crepúsculo, la hora acordada, de modo que dejó sus aposentos, descendió las escaleras de piedra y buscó por la casa hasta que encontró a Quirón partiendo leña en la parte trasera.

Livia: Deseo ir al templo, a la oración de la noche, - le dijo- para aliviar mi pena, Quirón. Que esté lista mi litera y agua cálida para mi regreso.

Quirón pareció perplejo un momento, pero al cabo de un instante asintió. Por un momento Livia tuvo la impresiòn de que estaba orgulloso...

Quirón: Eres una mujer piadosa, Livia, los dioses te favorecerán siempre que lo necesites. Cada vez te pareces más a tu augusta madre...-dijo con ternura- ¿Quieres que te acompañe?

Conmovida por sus palabras y por la emoción que había en ellas, Livia asintió, olvidando inmediatamente los recelos que el esclavo le había inspirado hacía apenas unas horas.
Volvió a sus aposentos y pidió a Selene que la vistiera de manera apropiada para el bautismo y le recogiera el cabello de manera sencilla pero elegante, en absoluto ostentosa. Selene encontró para ella el collar de amatistas, que cambió por las aguamarinas de su padre, y se las anudó al cuello, acariciando los rizos oscuros. Cuando estuvo lista y regresó al patio, comprobó que la litera estaba lista y que Quirón le esperaba junto a ella para ayudarla a montar.
El templo estaba lleno cuando llegaron y Livia supo que los coribantes habían planificado la iniciación de aquellos que deseaban penetrar en los misterios de la diosa, siendo sometidos al bautismo de sangre y a la castración. No podía haber escogido un momento mejor: todos estarían pendientes del taurobolium y de los gritos proféticos de los sacerdotes y nadie prestaría atención a la discreta hija de Tito Livio y al soldado que oraba junto a ella. Un silencio reverencial reinaba entre los presentes, y solo unos pocos se volvieron hacia ella cuando descendió de la litera antes de volver a fijar la mirada en la puerta por la que debían aparecer los sacerdotes. Livia aprovechó que debía encontrar un sitio para buscar a Tiberio, casi segura de que no lo encontraría, pero allí estaba el rostro solemne, el perfil bien definido y el cabello oscuro del que había sido su prometido y con el que no había intercambiado jamás una palabra. De pronto se le antojó deiforme como el Ulises de la Odisea, con una apostura y una gallardía de las que Tito carecía, con la piel curtida y la mirada seria de un soldado. Él la vio enseguida, pero no dio signos de ello.

"Discreto", comprobó aliviada Livia, acercándose al comprobar que oportunamente, había un sitio libre junto a él.

Los asistentes a la ceremonia le dejaron paso con deferencia para luego volver a sus lugares. Quirón se situó junto a los otros esclavos en un rincón de la fachada exterior, y a los pocos minutos el rito comenzó. Los coribantes emergieron por la pequeña puerta recortada en la piedra, con sus túnicas y sus capirotes ocultándoles el rostro, con los látigos en la mano, para situarse alrededor de la estatua de Cibeles y comenzaron a orar todos a un tiempo, como si sus voces fueran zumbidos que hacían vibrar la roca que los albergaba y pronto los congregados se unieron ellos. De los labios de Livia brotó también la letanía casi atávica y aunque Tiberio oró también con su voz grave, parecía visiblemente incómodo; él estaba habituado al campo de batalla, a los sacrificios a Júpiter, no a un culto de eunucos y mujeres...
Al poco, los que iban a ser iniciados entraron con los cuchillos en la mano y cuando comenzaron a sajarse los genitales y gritar, los asistentes entonaron cantos tétricos que se fundían con los gritos y gemidos.
Livia aprovechó para acercarse algo más a Tiberio y acercó su rostro a su oído para hacerse oir mejor. Tiberio adivinó su intención e inclinó su cabeza en gesto piadoso para poder oirla mejor. Sin embargo cuando estaba tan cerca que casi podía rozar su oído, Livia se dio cuenta de que realmente no sabía que podía decirle, pueso que el más mínimo avance sobre los planes de Tito suponían una traición contra su familia.

Livia: Yo...

Tiberio alzó las cejas y la miró con aquellos ojos oscuros y e intrigados, y al ver la preocupación en su rostro Livia supo que ahora ya no podría no amarle, aunque solo fuera porque le estuviera prohibido, aunque solo fuera porque parecía preocupado por ella, por lo que la hija de Tito Livio tenía que contarle de aquella manera clandestina.

Tiberio: ¿Livia?

Livia: Sé que mi padre me había prometido a tí- dijo sin poder creer lo que estaba haciendo- y sería la mujer mas feliz del mundo si me desposaras, pero mi hermano Tito ha previsto romper el compromiso y entregarme al hijo de los Maccio...

Lo dijo todo seguido, sin tomar aire, como si quisiera pasar aquel mal trago lo antes posible y cuando acabó, los gritos continuaban y Tiberio la miraba perplejo.
Estaba hecho.

------------------------------------------------------------------

:arrow: Por cierto, el criado al que se refiere la ficha es Quirón, no Selene. Selene es esclava doméstica y se quedará en la casa si Livia se va.

:arrow: No sé por qué, pero mientras escribía el soliloquio de Livia ante el busto de su madre, se me ha ocurrido la peregrina idea de escribir el próximo turno en formato tragedia. Es escribir en presente y lo detesto, pero puede ser interesante. De todos modos no me hagas mucho caso, porque ya sabes que la mayoría de mis ideas de bombero acaban por quedarse en el camino.... Bueno, yo me lo apunto para la próxima..

:arrow: Que curioso es lo breve que quedan en foro 6 páginas de word... Jeje

_________________
Así hablaba el hierro al imán: "Te odio más que a nada, porque atraes sin ser demasiado fuerte para sujetar".

Si me necesitas, ya sabes dónde estoy: los árboles no caminan.


30 Nov 2006, 03:33
Perfil
Humano
Humano
Avatar de Usuario

Registrado: 05 Nov 2006, 20:56
Mensajes: 4
Nota 
Lucio estaba exultante. Después de todo, pese a los muchos temores de quedar excluido por sus heridas, sí que participaría en el asalto final contra la fortaleza. Podría emular a su abuelo, quien participó de la toma de Jerusalén y arrasó su templo impío, y tambien tomó parte en el asedio de Masada. Pero no solo pensó en su abuelo. También tuvo en mente a Pertinax. Con este asalto el sacrificio de Pertinax no habría sido en vano. Podría al fin purgar sus pecados, pasando por la sangre a los judíos.

Antes de dirigirse hacia sus hombres, hizo una última oración a Mitra. Se arrodilló ante su altar particular, tras haber encendido una vela, y rezó para que si era la última vez que veía el sol, cayera dando ejemplo a sus hombres, y que Mitra le acogiera y no tuviera en cuenta sus pecados.

Lucio: Mitra, Dios Invicto, señor del universo. Tengo muchos pecados que purgar, el mayor de ellos haber matado a mi hermano Pertinax, uno de tus fieles hijos. Dame fuerzas en la batalla que se aproxima, oh Mitra. Estate a mi lado y no permitas que me flaqueen las fuerzas. Ayúdame a mantener una conducta honorable en la batalla, y si he de caer, que sea manteniéndome fiel hasta el fin a tus enseñanzas. Concédeme tu bendición, perdona mis pecados, y concédeme estar a tu lado si es mi última batalla.

Tras ello, salió de su tienda, dispuesto a reunirse con sus hombres para el momento del asalto final a la fortaleza. Miró a lo alto. Había un sol radiante y ni una sola nube. Buena señal. El mismo Mitra bendecía el ataque, y estaría allí contemplándolo en persona.

Las fuerzas ya estaban preparadas. Los arqueros lanzarían una lluvia de flechas para cubrir el avance romano. El centro de la muralla principal sería el blanco de las enormes catapultas romanas, que concentrarían toda su potencia en golpear en la misma zona, para derribarla rápidamente y permitir el acceso rápido de las tropas (ahora que los judíos estaban débiles y ofrecerían poca resistencia). Sin embargo, no podían arriesgarse (por muy fácil que pareciera) a una única baza, de modo que las murallas laterales serían el blanco de las torres de asedio, que trasladarían a las legiones a lo alto de la muralla, todo ello mientras los arqueros sometían a un infierno de flechas a los defensores.

Lucio estaba en una de las grandes torres de asedio, dispuesto a ser el primero en entrar en batalla. Persius, su centurión le había recompensado con el honor de ser él quien dirigiera el asalto desde una de las torres, mientras que Persius lo dirigiría desde otra. Había poco espacio para tantos hombres en el interior, y todos ellos estaban ansiosos de salir de su interior y comenzar el combate. Lucio ordenó a su hombres que guardaran la formación, y que una vez dentro no tuvieran piedad. Los judíos eran unos locos fanáticos, hasta sus mujeres y sus niños podrían ser enemigos mortales si los veían con la guardia baja. No obstante, también interesaba que quedaran judíos vivos para crucificarlos a lo largo de estadios de camino como ejemplo para todos aquellos que osaran desafiar el poder de Roma. Sería difícil combinar ambas cosas, pero bueno, confiaba en el buen hacer de sus hombres, y estaba seguro que sabrían cuando tomar prisioneros, y cuando no arriesgarse, por muy inofensivo que pareciera el enemigo.

La torre comenzó a moverse lentamente. Los legionarios estaban impacientes, Lucio el que más. En su mente se imaginaba a si mismo explicando a sus nietos las mismas como emprendió el asalto final a Betar, y como pasaba por la espada a los traidores judíos, al igual que su abuelo le contó a él el asedio de Masada. Sólo que esta vez habría una diferencia, sus nietos le preguntarían que quienes eran los judíos, pues no quedaría ni rastro de esa nación maldita sobre la faz de la tierra. Mientras avanzaban escuchaban como los proyectiles de las catapultas romanas impactaban contra la imponente muralla. Finalmente, tras unos minutos de avance, notaron como la torre se detenía, y la puerta de la torre se dejó caer, formando un puente entre la torre y la muralla. Lucio, con el Gladius en la mano, se abalanzó hacia la puerta, quería ser el primero en derramar la sangre judía.

Se esperaba poca resistencia, pero resistencia al fin y al cabo. Los judíos estaban débiles, desanimados, pero venderían cara su vida, pero los aplastarían fácilmente. Pero cuando salió de la torre de asalto no había nadie. Absolutamente nadie. No se esperaba algo así. Ni él ni ninguno de los soldados que habían salido, sedientos de sangre hebrea. Lucio ordenó a sus hombres que se detuvieran, podía ser una trampa. Les ordenó que se distribuyeran a lo largo de la muralla para observar la situación. Se aproximó al borde de la muralla, y contempló una visión que recordaría toda la vida. Miles de cadáveres amontonados por el suelo de la fortaleza. El impacto de una gran roca contra la muralla, le hizo tambalear y casi se cayó, pero logró mantener el equilibrio. Se dirigió a su centurión, Severus, esperando órdenes sobre que hacer. Y este les ordenó bajar a inspeccionarlo todo de mas cerca. A su vez, Persius envió a un mensajero a informar de lo sucedido al general Severus, para que detuvieran el ataque con catapultas mientras aseguraban la zona.

Los legionarios buscaron las escaleras, y bajaron al interior de la fortaleza. El espectáculo era desolador. Por doquier se observaban montones de cadáveres en las calles, y algunos mostraban claros signos de violencia, aunque no todos. Examinó los cadáveres. Todos sin excepción mostraban claros signos de estar demacrados por el hambre y la sed. Pero había una clara diferencia entre los civiles y los luchadores hebreos. Los civiles, las mujeres, niños, ancianos, y algún adulto también, mostraban signos evidentes de haber sido pasados por la espada. Al parecer los cálculos habían sido correctos. Había habido una rebelión de los civiles, rebelión que había sido aplastada sin contemplaciones ni piedad. Tal vez habían propuesto a sus líderes una rendición honorable, viendo que no podían resistir, y los rebeldes se habían negado, tras lo cual habrían tratado de lograrla por la fuerza, y la rebelión se había sofocado a sangre y espada. También había algunos soldados muertos por armas de filo. ¿Se habían unido a la rebelión? ¿O habían caído a manos de los rebeldes? Tanto daba, el resultado había sido el mismo.

Contempló entre los muertos el cadáver de una niña que no debía llegar a los cinco años, abrazada al cadáver de su madre, y aún sosteniendo una pequeña muñeca, manchada de sangre. No pudo evitar estremecerse. Hasta hace poco él había estado dispuesto a hacer lo mismo con los rebeldes, sin importar la edad y sexo, pero ahora... contemplaba ese espectáculo mortuorio, y sintió pena y lástima, a la vez que un profundo odio y desprecio hacia los cabecillas judíos por haber asesinado así a los suyos. Los hebreos habían asesinado sin piedad a sus propias familias, a sus esposas, hermanas, hijos e hijas, a sus padres ancianos incapaces de defenderse. ¿Eso era lo que pedía el dios de los judíos? Si era así, tal deidad era un dios que no merecía ser adorado, un dios que exigía el sacrificio y asesinato de la propia familia no era mas que un dios de bárbaros, cuyo culto merecía ser exterminado para que nadie recordara su nombre. Pero aunque el grueso de los judíos alrededor del imperio estaban bien controlados, una secta suya, los cristianos, se estaba extendiendo como una peste entre los romanos. Es más, al igual que Simón ben Kosiba, los cristianos también seguían a un judío que se había autoproclamado el Mesías de los hebreos. Contempló la escena de muerte que tenía a su alrededor, y tembló al pensar que ese podría ser el destino final de roma si los cristianos extendían su veneno y sus mentiras y se hacían con el poder.

Comprendía ahora la preocupación del Emperador, pero temía que esa sabia y comprensible preocupación le hiciera actuar en exceso, pensando sin duda en el bien de Roma, pero castigando a justos por pecadores. No obstante, confiaba en su sabiduría, por lo que sin duda alguna sabría separar la paja del trigo, y no extendería una persecución contra todos los cultos no olímpicos, pues muchos de esos cultos eran fieles a Roma y al Emperador.

Por otro lado, la mayoría de los guerreros rebeldes no mostraban signos de violencia, y estaban todos ellos juntos, como si hubieran muerto en grupo. Al parecer habían tenido una muerte apacible. No era experto, pero por el color de la lengua deducía que podía tratarse de algún veneno, aunque desconocía cual. Unos pocos yacían muertos por armas de filo, pero eran cortes limpios, precisos, y examinando algunos de ellos, contempló como aún tenían sujetas las espadas con las que se habían quitado la vida. Otros tantos se encontraban muertos en pareja. Al parecer, incapaces de matarse a si mismos, se habían matado entre ellos pacíficamente. Cobardes, tras pasar por las armas a su familia ya los mas débiles, ellos se reservaron para sí una muerte dulce. Hipócritas!!!

Algo le extrañó. Recordó la historias que le contó su abuelo, corroborada por el historiador Flavio Josefo (un judío romanizado) en su obra "Historia de la Destrucción de Jerusalén". Al parecer, los judíos tenían prohibido el suicidio, ni siquiera el suicidio honorable les estaba permitido (muy apropiado para tales bárbaros, pensó). Por ello, en el sitio de Masada, antes de rendirse, se mataron entre ellos, uno al otro, para evitar cometer suicidio. Pero en esta ocasión había sido distinto. Ellos mismos se habían quitado la propia vida. ¿A que se debía? Tal vez creyeron que tras asesinar a los suyos no habría perdón posible para sus pecados, por lo que el suicidio ya tanto daba. O tal vez ante el inminente ataque romano, viendo que no tendrían tiempo para hacer las paces con su dios, decidieron ir por la vía rápida y no perder tiempo. O tal vez, Simon ben Kosiba, el autoproclamado Mesías, y sus propios hombres, viendo que su dios no les ayudaba y que los dejaba abandonados a su suerte decidieron poner fin a sus vidas, sin importarles el resultado. Él que se había proclamado el Mesías judío, el enviado del dios de los hebreos, se sentía sólo y abandonado por el dios a quien afirmaba servir. Fuera como fuera, tal acto para los judíos demostraba que lo cometireon bajo los efectos de una gran desesperación y la pérdida total de la esperanza. Estaban solos, abandonados. habían matado a sus familias, ya no tenían a nadie, hasta su propio dios les había dado la espalda. Sólo les quedaba la muerte.

No obstante, esa "victoria" le resultaba amarga a Lucio. La venganza le había sido negada. No podría vengar a Pertinax, y eso le hizo lamentarse y maldecir aún más a los judíos. Pero por otro lado, la muerte por suicidio de los hebreos, pese a las diferencias, era muy similar a lo acontecido en Masada, en cuyo sitio participó su abuelo. Era un sentimiento agridulce. No podía vengar a Pertinax y eso le atormentaba, pero a la vez, le hacía sentir un cierto orgullo el que su asalto final fuera tan parecido al de su abuelo.

Se dirigió a Persius a informar de la situación. Éste se encontraba en el ala oeste de la fortaleza, donde otro grupo de soldados había descubierto un montón de cadáveres apilados, pero estos no habían fallecido ni por las armas ni suavemente. Sus cuerpos mostraban claros signos de enfermedad, al parecer una plaga se había cebado en los habitantes de la fortaleza y había acabado con muchos de ellos, desmoralizando aún más a sus ocupantes. Un soldado se aproximó corriendo hacia ellos. Al parecer, habían encontrado el cadáver de Simón ben Kosiba, el autoproclamado Mesías de los judíos. Persius, Lucio y varios hombres se dirigieron hacia el lugar. Allí estaba, rodeado de cadáveres, tan muertos como él. Lucio le contempló con odio y desprecio. El responsable de esa matanza yacía allí, sin vida. Recordó la XXII, donde falleció su hermano, recordó tantos camaradas caídos, recordó a su abuelo, recordó a los civiles asesinados durante la rebelión, a las mujeres, niños, ancianos asesinados sin piedad, pero por encima de todo recordó a Pertinax. Escupió sobre la cara del cadáver de Simón, mientras susurraba: “Ojalá te pudras en el Hades”. Tras acabar de examinar la zona y asegurarse que no hubiera resistencia alguna y que tampoco habían supervivientes, Persius les ordenó dirigirse hacia las imponentes puertas de la fortaleza, en la muralla principal. Ésta se encontraba en un estado lamentable, pero aún resistía, aunque probablemente no le hubiera faltado mucho por ceder y derrumbarse. Entre varios soldados, lograron abrir las puertas, dando paso libre a las legiones romanas que aún estaban acuarteladas.

Al frente de ellas, iba el general Severus, montado a caballo. Pero no era la carga que todos creían antes de la batalla que sucedería, pues avanzaba tranquilamente, ya conocedor de las noticias. Todos los legionarios del interior se pusieron firmes mientras esperaban la llegada del general, saludándole con el saludo romano, cuando este entró triunfante a la fortaleza. Severus contempló la situación, y su rostro mostró una señal de satisfacción. Tras pasear con su caballo por toda la fortaleza, se dirigió a los centuriones, y les ordenó que agruparan a los hombres y que éstos se pusieran en formación, pues tenía unas palabras que decirles:

Severus: - Romanos!!! Hoy ha sido un día glorioso para Roma. Vuestra ha sido la victoria que ha puesto fin a varios años de rebelión por parte de aquellos traidores que osaron desafiar el poder de Roma y levantarse en armas contra su Emperador. Roma está en deuda con vosotros. Pero jamás olvidéis este día. Pues este no es solo un día de victoria de Roma contra los rebeldes. En este día habéis contemplado la diferencia entre lo que significa ser romano y lo que significa ser un bárbaro salvaje e incivilizado. Algunos tal vez dirán que el comportamiento de los judíos ha sido honorable, pues prefirieron quitarse la vida antes que ser sometidos. Craso error! Los judíos no han fallecido unidos, su muerte no ha sido una decisión de un pueblo que decide afrontar su hora final con honor y orgullo. No. En sus últimos días los judíos se dedicaron a matarse entre ellos, a enfrentarse entre ellos, en vez de resistir unidos contra su enemigo o morir como un solo pueblo. Los judíos atrajeron con sus mentiras impías a otros de los suyos, se llevaron consigo a sus mujeres, a sus hijos, todos ellos engañados, y cuando sus víctimas se dieron cuenta del engaño y cambiaron de parecer, acabaron con ellas. Mataron sin piedad a sus esposas, padres, hermanas, hijos e hijas, que lo único que querían era escapar de la trampa a la que habían sido atraídos por las mentiras de los rebeldes. Recordad este día, romanos. Es el día en que finalizó la revuelta y la traición de los judíos, y recordad que llegó a su fin como le corresponde a una raza bárbara e impía como la suya: con sangre y fuego, peleándose el padre contra el hijo, el esposo contra la esposa, hermano contra hermana. No murieron como un pueblo unido, sino como una nación de cobardes desesperados, capaces de cometer las mas abyectas atrocidades contra su propio pueblo. Y recordadlo bien, hijos de Roma. Recordad la actitud de los judíos para que nunca cometáis sus actos bárbaros ni sus atrocidades.

Severus hizo una pequeña pausa. Todos estaban silenciosos escuchando sus palabras con orgullo, asistiendo con la cabeza y pequeños susurros.

Severus: Y recordad también a vuestros camaradas caídos de la XXII, y tomadlos como ejemplo. En los momentos más duros, cuando todo estaba perdido, sus legionarios podrían haber decidido ignorar al enemigo y huir, abandonando a sus camaradas, pero no lo hicieron. Se mantuvieron firmes hasta el final, derramando su sangre por Roma como si de un solo hombre se tratara, pues ellos tuvieron claro hasta el final que si era la hora de reunirse con sus antepasados, estos estarían orgullosos de ellos. Recordad su ejemplo en el momento más duro. Si os mantenéis fieles a Roma hasta el final, si os mantenéis fieles a vuestros camaradas hasta el último momento, aún sabiendo que Hades se aproxima, si no os dejáis llevar por el miedo, no os enfrentáis entre vosotros y os mantenéis unidos, cuando los dioses os pregunten por vuestros actos, podréis decirles orgullosos: "Fui un orgulloso Romano, y con esto ya me basta".

Vítores de aplauso surgieron espontáneamente entre las tropas, y gritos de alabanza a la XXII, a Severus, al Emperador y a Roma. Severus sonrió, dejando que sus hombres externizaran su alegría y su patriotismo romano. Al cabo de unos minutos Severus, con su brazo, les indicó que controlaran su ánimo. Tras regresar el silencio, el general continuó su discurso:

Severus: - Y recordad bien este día, pues en este lugar, no quedará nadie que recuerde la perfidia de los judíos. Si pretendían pasar a la historia y a la leyenda, ni eso les será concedido. Pasad por el fuego este lugar, arrasadlo hasta los cimientos!! Que no quede absolutamente nada que pudiera recordar a las generaciones venideras que en este lugar se alzó la fortaleza de una raza ya olvidada que sus antepasados llamaban judíos!!!


30 Nov 2006, 04:15
Perfil WWW
Comisario
Comisario
Avatar de Usuario

Registrado: 01 Mar 2006, 13:16
Mensajes: 916
Ubicación: Terra Meiga
Nota 
Heráclito asintió a las palabras de su maestro mientras se frotaba la cabeza donde éste le había golpeado en su habitual actitud jocosa.

Al joven le encantaba comprobar que, a pesar de los largos años, Antígono conservaba aun la vitalidad y el buen humor que le habian hecho famosos entre sus innumerables amistades... incluido el emperador Adriano, pensó.

Con una amplia sonrisa iluminando su rostro, Heráclito se dirigió al sabio galeno.

Heráclito: Maestro, me encantaría estar presente cuando anunciases la nueva a mis queridos hermanos, pero debería ir preparandome para el largo viaje que tengo por delante. ¿Te importaría ir acercándote tú hasta la academia mientras yo me dirijo a aprovisionarme? Afer te acompañará.

El esclavo nubio que los acompañaba, ligeramente retrasado, se acercó al escuchar su nombre. Siguiendo las instrucciones de Heráclito se situó bajo el brazo del anciano ayudándolo a mantener el paso.

Heráclito: No tardaré más de unas horas, descansa un poco hasta que vuelva -se inclina para besar la mejilla de su maestro antes de partir en dirección al mercado- ¡Por el radiante Apolo, si puedo aguardar hasta mañana!

El joven sale corriendo llevado en alas de la emoción, mientras Antígono sonríe complacido mientras lo observa marchar.

Antígono: Vamos, Afer, a la academia. ¡Ay! Este chiquillo -piensa- esperemos que los dioses sean benebolentes con él...


Heráclito se mueve veloz por las calles hasta llegar a una zona donde los tenderetes se concentran y los mercaderes anuncian sus productos a voz en grito.

Mercader: ¡Manzanas!, ¡jugosas manzanas!-exclama el orondo hombre trazando un arco con su brazo sobre la mercancia expuesta.

El joven se acerca al puesto con paso lento y mirada distraida para, en el último instante, como una exhalación, coger una de las piezas de fruta y salir de nuevo corriendo.

Mercader: ¡Maldito muchacho! ¡ya van tres esta semana! No creas que no se quien eres.

Heráclito: Entonces ya sabes que te las pagaré,... más tarde. -dice riendo mientras se aleja a buen paso.

Mercader: Me debes tres piezas, ¡tres! -el vendedor agita tres rechonchos dedos hacia el ladronzuelo- Ya se las cobraré a tu maestro , jovenzuelo, no creas que no lo haré. -finalmente, desiste, se limpia el sudor de su grasienta frente mientras suelta un bufido de frustacion antes de comenzar de nuevo- ¡Manzanas, jugosas manzanas!, maldito crío -murmura- ¡Manzanas!

Heráclito pasea entusiasmado entre innumerables puestos; perfumes y esencias orientales, pliegos vírgenes de pérgamo, tintas y cálamos. El joven compra aquí y alla todo lo que cree que necesitará en su inminente viaje.

Limpia la manzana contra su sencilla toga, antes de darle un gran mordisco. El fresco jugo inunda su boca, y en ese fugaz instante casi siente lástima por el pobre mercader al que tanto le divierte hacer rabiar; en el fondo aun es un crío pero tiene buen corazón.
Heráclito se hace prometer a si mismo pagar más tarde todo lo que ha cogido de su puesto a lo largo de la semana, y hasta puede que le de unas monedas por las molestias.

Continúa paseando por las calles de la polis lentamente, observándolo todo por última vez como si fuese la primera, disfrutando de su alboroto, de sus gentes, de su incomparable vitalismo que resulta contagioso. El joven incluso tiene que reprimir unas lágrimas pues, aunque siempre ha ansiado una oportunidad como la que ahora se le brindaba, Atenas había sido desde pequeño para él el mundo entero. Y, ahora, apenas un día antes de abandonarla -¡quién sabe hasta cuando!- comenzaba a extrañar sus acogedoras calles y sus protectores muros.

Sumido en estos pensamientos, no reparó a donde le conducían sus pasos hasta que una voz conocida lo sacó de su ensimismamiento.

"El Escriba":¿Que oscuros asuntos te afligen, mi joven amigo?

El escriba era una persona peculiar. Que Heráclito supiera, nadie sabía su verdadero nombre, si es que poseía alguno. Las malas lenguas decian que hulló de Egipto por algun terrible crimen o una desagradable tragedia y había terminado en la ciudad de Atenas casi por casualidad.
A pesar de su dudoso y misterioso origen, o tal vez a causa de el, El escriba era alguien sumamente respetado por todos los que trataban con él, incluyendo a su mentor.
Su aspecto era tan exótico como las historias que de él contaban. En efecto, era egipcio, con la piel bronceada de un suave tono dorado. Como se estilaba en su nación, llevaba la cabeza completamente afeitada y los ojos perfilados con Khol y su único atuendo era una especie de faldón de lino blanco que llegaba por encima de sus rodillas.

Heráclito se sobresaltó un poco, estando como estaba atrapado en mil y una reflexiones. Cuando se apercibió de quien le hablaba, una amistosa sonrisa apareció de nuevo en su ensombrecido rostro. Le encantaba hablar con el misterioso africano siempre que podía. Cuando su maestro le mandaba a hacer alguna clase de recado, lo que era habitual, siempre daba un rodeo para pasar "por casualidad" por delante del establecimiento de su misterioso amigo. Esto le había causado no pocos problemas, pues los minutos y las horas parecían discurrir a velocidad de vértigo en compañía de él y de sus fantásticos relatos, y no era la primera vez que llegaba tarde a alguna cita importante a causa de ello.

El joven se acercó y se sentó en cuclillas a la altura de su interlocutor, dejando a un lado toda la mercancía que había comprado hasta el momento.

Heráclito: ¿Cómo es posible que no lo sepas? Siempre pareces enterarte de las cosas momentos antes de que sucedan.

"El Escriba": En efecto, se de tu futura marcha, pero desconozco algunos detalles. Tenía entendido que aguardabas este momento con impaciencia, ¿qué ha cambiado, pues?- El hombre miró inquisitivo al muchacho tratando de desentrañar el misterio de su actitud.

Heráclito: El miedo, viejo amigo, el miedo. Miedo al viaje, miedo a la terrible responsabilidad que ha recaído sobre mí, miedo al fracaso. Miedo, en definitiva, a decepcionar a los que tan gentilmente han cuidado de mi todos estos años y, ahora, me conceden tal honor y ponen en mi todas sus esperanzas. Temo no estar a la altura de sus espectativas. Cuanto más lo pienso, menos capaz me veo. Al final no soy más que un joven que no sabe de donde vino y que aun es tempestuoso e inexperto. ¿Qué se podría esperar de alguien así?

"El Escriba": No eres tú quien ha de judgar tu capacidad, amigo mío, sino la historia y el tiempo.
Utilizando tus propias palabras, aun eres inexperto, hay muchas cosas que no sabes, pero tienes espíritu tenaz y un gran potencial. Eso es lo Antígono vio en ti el día que te acogió bajo su cuidado, y eso es lo que le ha llevado a escogerte a ti por encima de otros para responder a la llamada que el mismísimo emperador Adriano ha hecho a la Academia de Aristóteles.
Dices que temes decepcionarlo y por eso dudas. Yo te digo, ¿acaso no le decepcionarías más si al final rechazas la gracia que ha tenido a bien concederte? ¿estarías dispuesto a poner en duda el buen juicio del viejo Antígono?- El tono del escriba era solemne, y sin embargo en ningun momento perdió su habitual y serena sonrisa.

Heráclito comprendió la indiscutible verdad que residía en las palabras del egipcio. Como una panacea que cura todos los venenos del cuerpo, la sabiduría de su interlocutor disipó todos sus miedos. Ya podía sentir sus dudas siendo llevadas lejos por el viento del sureste.

En silencio, el joven se levantó del suelo y recogio sus cosas.

Heráclito: ¿Siempre sabes qué decir, verdad?

El escriba se rió sonoramente en una actitud distendida poco usual en él

"El Escriba": Vamos, has de marcharte ya, te estan esperando desde hace tiempo.

Heráclito: ¿Cómo sabes...?- no terminó la pregunta, conociendo como conocía al egipcio sabía que simplemente estaba en lo cierto, así que partió presto hacia el edificio de la Academia donde le aguardaban su padre y sus compañeros.


Mientras iba de vuelta saludaba por última vez a todos los comerciantes que le vieron crecer, todo eran sonrisas y palabras de ánimo, pues las noticias vuelan en una ciudad como Atenas, y más cuando eres el hijo de alguien tan conocido y querido como Antígono. Incluso le pareció adivinar un atisbo de pena por su marcha en el vendedor de manzanas.

Mercader: Más te vale regresar sano y salvo, ¡Y con dinero! No te creas que te libraras de mí porque hullas allende el mar, no señor.-sus gritos sonaban más preocupados que iracundos.

Cuando por fin llego a la Academia su maestro ya le estaba esperando, relatando a todos sus compañeros presentes algo que no logró discernir, sin duda alguna lección de última hora para entretenerlos hasta su llegada.

Antígono: ¡Ah!, aquí llega. Ya pensábamos que no llegabas. ¿Has encontrado todo lo que necesitabas?

Heráclito: Sí, maestro, todo lo que necesitaba- dijo con una sonrisa pícara que hizo que su nariz se moviera con su característico gesto.

Allí estaban todos sus compañeros, sus hermanos, como le gustaba llamarlos. Ellos le habían acompañado a lo largo de su vida desde que era capaz de recordar, y ahora tenía que abandonarlos y dar un nuevo paso en solitario en busca de sí mismo. Estaban Caio y Lucio, con los que por primera vez había acudido al mercado, y los que lo habían liado para robar las manzanas al mercader en lo que se había convertido casi en un hábito; también Marco, hijo de un centurión de renombre que le había mostrado como manejar el gladius, torpemente, por desgracia. Detrás de ellos tres, oculto como siempre, el tímido Póstumo, el más joven de una gran familia, el pobre tenía la cabeza en las nubes las más de las veces lo que que le reportaba no pocas reprimendas; a su lado Scévola, el encantador Scévola, que lograba con su profunda mirada y sus rápidas palabras convencer al hombre más sabio de las cosas más inverosímiles.

Y sin embargo, faltaba alguien. Heráclito lo buscó entre todos y al fin lo vió, apartado del resto cruzado de brazos y extremadamente serio. Su más amado hermano, su compañero, aquél con el que había compartido sus más gloriosos momentos de dicha y las más profundas tristezas, Tiberio. Cuando sus ojos se cruzaron, Tiberio forzó una sonrisa para a continuación bajar la cabeza como si no pudiese soportar la mirada inquisitiba de Heráclito.

Antígono: ¡Ahora que ya estamos todos, comencemos el festejo!- El viejo galeno parecía haber rejuvenecido, su alegre expresión hizo desaparecer por un instante las pequeñas arrugas que el tiempo había ido labrando en su cara.

Se reunieron todos alrededor de una mesa, con el maestro presidiéndola y Heráclito situado a su diestra en un lugar de honor. Todos comieron, bebieron y cantaron en abundancia, el vino mezclado con agua corría como un torrente llenando una y otra vez las copas, que no permanecían vacías durante más de lo que dura un suspiro. El galeno relató las leyendas y anécdotas favoritas de sus alumnos, que reían y hasta se permitían pequeñas bromas a costa del homenajeado y su anfitrión.
Pero no todo era alegría, Tiberio, sin duda ayudado por el néctar de Baco, había tornado su expresión seria y dura en una de profundo desagrado y más tarde en abierta hostilidad.
Se levantó tambaleante y se encaró al resto de sus compañeros.

Tiberio: ¿Me podéis decir qué celebramos?-gritó por encima del barullo de la sala.

Silencio.

Tiberio: ¿Qué celebramos? ¿el cúlmen de la senilidad de un necio anciano?- dijo rojo por la ira y el vino- ¿Acaso tenemos por costubre honrar a quien no se lo merece?

Antígono: ¡Basta muchacho, has bebido demasiado, pero no consentiré que hables de esa manera!

Tiberio: ¡Y sin embargo consientes que alguien indigno represente a la Academia! ¿Quién ofende a quién? No yo, que tan solo digo lo que todos piensan.-sus ojos lagrimeaban y su voz se quebró- ¿Acaso no es conocido por todos los presentes que soy tu más antiguo alumno? ¿No dió mi padre dinero en abundancia para financiar la Academía, no le otorgo protección?- golpeó la mesa para remarcar sus últimas palabras.

Antígono: Refrénate, si dices una palabra más te expulsaré de por vida. Si te admití bajo mi tutelaje fue en deferencia a tu padre, un gran hombre al que estas deshonrando. No quiero oir ni una palabra más. ¿Quién crees que eres para cuestionar mi decisión?

Tiberio: ¡Te diré quien no soy, no soy el juguete de un anciano!- Dicho esto se giro hacia Heráclito- ¿Es cierto lo que dicen, verdad? Además de compartir su casa, calientas también su lecho por las noches. Dime, hermano, ¿le profesabas a él las mismas caricias y besos que a mí?

En ese momento todos permanecieron en silencio esperando alguna reacción por parte de Heráclito. Éste permanecía paralizado en un estado de completo estupor, finalmente consiguió articular unas palabras.

Heráclito: ¿Co... co... cómo puedes decir eso?- Su voz temblaba y las palabras salían atropelladamente de su boca.

No recibió contentación, pues Tiberio tiró la copa que sostenía todavía en su mano y salío de la sala furibundo.

Todos permanecieron en silencio durante unos minutos que parecieron eternos sin atreverse a abrir la boca, finalmente, se fueron levantando poco a poco, despidiéndose y disculpando a Tiberio frente a Heráclito antes de abandonar a su vez la sala.

La fiesta había concluido.

Heráclito se quedó a solas con su maestro y padre que lo tomó entre sus brazos acunandolo como cuando era más pequeño.

Antígono: Tranquilo, hijo, él te quiere, lo ha demostrado todos estos años estando a tu lado.
No era Tiberio, sino el vino quien hablaba por su boca. No dejes que una vida de amistad se vea ensombrecida por un momento de locura. Más tarde, él se dará cuenta de lo que ha dicho y se arrepentirá, pero para entonces ya estarás lejos.
Tiberio es un buen muchacho, como lo era su padre, pero al igual que a él le puede su orgullo.
Ahora descansa, mañana tienes un gran viaje que realizar, y muchas cosas en que pensar. Sí, descansa ahora, pena mañana.-le acarició la cabeza mientras decía estas palabras, y a Heráclito se le asemejó por un momento el hombre más viejo del mundo, cargado con el peso de innumerables años.

Siguiendo su consejo, y en sepulcral silencio, el joven se acostó en su camastro y comenzó a llorar hasta que el cansancio lo venció y, finalmente, cayó rendido al abrazo de Hipnos.

_________________
Imagen


13 Dic 2006, 13:57
Perfil WWW
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Responder al tema   [ 25 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3  Siguiente

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: Google [Bot] y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  
cron
Powered by phpBB & Requiem Nocte ©
Traducción al español por Huan Manwë